cada poste un cuerno de carnero; los grandes rostros pálidos de las encajeras asomando por detrás de las macetas de flores en las diminutas ventanas; pilluelos descalzos con un solo tirante sobre el hombro, lanzando una serpiente de papel con cola de fibra de líber; niñas tranquilas de cabellos claros enfrascadas en su juego favorito, enterrando una muñeca, junto al montículo de tierra que rodeaba la casa.
En la llanura de la cresta de la colina, se santiguó ante el cementerio, tras cuya cerca, entre los árboles, se encontraba la tumba que en su día fuera una fuente de terror para él: la del rico avaro Zykoff, que se había hundido en el mismo momento en que la estaban llenando. Y, tras un momento de reflexión, giró el caballo hacia la puerta del cementerio.
Junto a aquella gran puerta blanca solía sentarse sin interrupción, haciendo sonar una campanilla a la que iban sujetos un mango y una bolsita, un