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nydus/The VillagePublic
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VII. The Village Elder

Desde aquel ayuno de San Pedro, aquel memorable viaje a la feria, Tijón Ílich empezó a beber con frecuencia; no hasta el punto de la embriaguez rotunda, sino hasta la fase en que su rostro adquiría un rojo aparente. Esto, sin embargo, no interfería lo más mínimo en sus negocios y, según sus propias palabras, tampoco afectaba a su salud. «El vodka pule la sangre», solía comentar; y, a decir verdad, a todas luces se volvió más robusto que nunca. No pocas veces ahora tildaba su vida de vida de galeote —la soga del verdugo—, una jaula dorada. Pero avanzaba por su camino con una confianza cada vez mayor, sin prestar atención al estado del tiempo o del camino. Los días grises y sin acontecimientos reinaban soberanos en su casa, y varios años transcurrieron de forma tan monótona que todo se fundió en una sola y larga jornada de trabajo. Pero acaecieron ciertos acontecimientos nuevos y colosales que nadie había previsto: la guerra con el Japón y la revolución.

Los rumores acerca de la guerra comenzaron, por supuesto, con fanfarronerías.

«¡Los cosacos pronto le arracarán esa piel amarilla a latigazos, hermano!».

¡Pero ardió durante tan poco tiempo, esta pálida imagen de las jactancias de antes! Muy pronto se dejó oír otro tipo de conversación.

—¡Tenemos más tierra de la que podemos administrar! —dijo Tijón Ílich, con el tono severo de un experto, probablemente por primera vez en toda su vida sin referirse a su propia tierra en Durnovka, sino a toda la extensión de Rusia—. ¡Esto no es la guerra, señor, sino pura locura!

Otra cosa se hizo sentir, esa clase de cosas que ha imperado desde tiempos inmemoriales: la inclinación a ponerse del lado del vencedor. Y la noticia

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