entre aquellos a quienes estos acontecimientos cogieron desprevenidos, para quienes su magnitud y su brutalidad supusieron una sorpresa total; sin embargo, la realidad ha superado todas mis expectativas.
En lo que muy pronto se convirtió la Revolución rusa, nadie lo comprenderá si no lo ha visto.
Este espectáculo era absolutamente insoportable para cualquiera que no hubiera dejado de ser un hombre a imagen y semejanza de Dios, y todos los que tuvieron la oportunidad de huir, huyeron de Rusia.
La inmensa mayoría de los escritores rusos más destacados buscaron la huida, principalmente porque en Rusia les aguardaba una muerte sin sentido a manos del primer malhechor casual, borracho de desenfreno y de impunidad, de pillaje, de vino, de sangre, de cocaína; o una existencia ignominiosa de esclavo en la oscuridad, plagado de piojos, en harapos, en medio de enfermedades epidémicas, expuesto al frío, al hambre, a los tormentos primitivos del estómago, y absorto en esa única y degradante preocupación, bajo la amenaza eterna de ser arrojado de su cubil mendicante a la calle, de ser enviado a los barracones para limpiar la inmundicia de los soldados, de ser —sin motivo alguno— arrestado, golpeado, maltratado, de ver a la propia madre, hermana o esposa violada— y aun así tener que guardar absoluto silencio, porque en Rusia arrancaban la lengua por la más mínima palabra de libertad.
Salí de Moscú en mayo de 1918, viví en el sur de Rusia (que pasaba una y otra vez de las manos de los «blancos» a las de los «rojos») y luego me exilié en febrero de 1919, tras haber apurado hasta las heces la copa del sufrimiento inefable y de las vanas esperanzas.
Durante demasiado tiempo había creído que los ojos del mundo cristiano se abrirían, que se horrorizaría ante su propia desalmada crueldad y que nos tendería una mano amiga en nombre de Dios, de la humanidad y de su propia seguridad.