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II. La Cacería

gemía sobre la hierba. Uno de los jinetes salía del agua cubierto de lodo; el otro yacía completamente inmóvil.

“Tiene el cuello roto”, dijo mi madre.

—Y bien merecido lo tiene, por cierto —dijo uno de los potros.

Pensé lo mismo, pero mi madre no se nos unió.

—Bueno, no —dijo ella—, no debes decir eso; pero aunque soy una vieja yegua, y he visto y oído mucho, jamás he logrado comprender por qué a los hombres les gusta tanto este deporte; a menudo se hacen daño, a menudo arruinan a buenos caballos y destrozan los campos, y todo por una liebre, o un zorro, o un ciervo, que podrían conseguir más fácilmente de otra manera; pero nosotras no somos más que yeguas y no lo entendemos.

Mientras mi madre decía esto, nos quedamos de pie mirando. Muchos de los jinetes se habían acercado al joven; pero mi amo, que había estado observando lo que pasaba, fue el primero en levantarlo.

Su cabeza cayó hacia atrás y sus brazos pendían inertes, y todos ponían caras muy graves. Ya no había ruido; incluso los perros estaban tranquilos, y parecían saber que algo iba mal.

Lo llevaron a la casa de mi amo. Supe más tarde que era el joven George Gordon, el único hijo del hacendado, un joven apuesto y alto, y el orgullo de su familia.

Salía ahora gente galopando en todas direcciones en busca del doctor, del herrador y, sin duda, de la mansión del amo Gordon para avisarle lo de su hijo. Cuando el señor Bond, el herrador, fue a examinar al caballo negro que yacía gimiendo en el pasto, lo palpó por todas partes y meneó la cabeza; tenía una pata rota.

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