Codal
nydus/Black BeautyPublic
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IX. Merrylegs

Cuando parecen asustados o un poco inseguros sobre mi lomo, voy tan suave y callado como la vieja gata cuando va tras un pájaro; y cuando ya están bien, vuelvo a acelerar, ya ves, simplemente para que se acostumbren; así que no te molestes en sermonearme; soy el mejor amigo y el mejor profesor de equitación que esos niños tienen. No son ellos, son los chicos; los chicos –dijo, sacudiendo la crin– son completamente diferentes; hay que domarlos como nos domaron a nosotros cuando éramos potros, y enseñarles de una vez por todas cómo son las cosas.

Los otros niños me habían estado montando durante casi dos horas, y luego los chicos pensaron que les tocaba a ellos, y así fue, y yo estaba de lo más conforme.

Me montaron por turnos, y los llevé al galope, arriba y abajo por los campos y por todo el huerto, durante una buena hora.

Cada uno se había cortado una gran vara de avellano como fusta, y me la aplicaban con un poco demasiada fuerza; pero me lo tomé de buena manera, hasta que al final pensé que ya habíamos tenido bastante, así que me detuve dos o tres veces a modo de indirecta.

Los muchachos, ya veis, se creen que un caballo o un poni son como una máquina de vapor o una trilladora, y que pueden seguir andando tanto tiempo y tan deprisa como les plazca; nunca piensan que un poni pueda cansarse o tener sentimientos; así que, como el que me estaba azotando no lo entendía, me levanté sobre mis patas traseras y dejé que se resbalara hacia atrás, eso fue todo.

Volvió a montarme, y yo hice lo mismo. Entonces se subió el otro muchacho, y tan pronto como empezó a usar la vara lo tendí sobre la hierba, y así sucesivamente, hasta que lograron entenderlo; eso fue todo.

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