la muerte en algún lugar de la costa donde a nadie le importara un bledo de mí, excepto ver lo rápido que podía correr, o ser azotado en algún carro con tres o cuatro grandullones de juerga dominical, como he visto a menudo en el lugar donde vivía antes de venir aquí; no —dijo, sacudiendo la cabeza—, espero no llegar nunca a eso”.
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IX. Merrylegs
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