—Bueno —dije—, creo que sería una verdadera lástima que mordieras o patearas a John o a James.
—No es mi intención —dijo—, mientras sean buenos conmigo. Sí que mordí a James una vez bastante fuerte, pero John dijo: «Trátala con amabilidad», y en vez de castigarme como esperaba, James se acercó a mí con el brazo vendado, me trajo un puré de salvado y me acarició; y nunca más le he vuelto a chascar los dientes, ni lo haré tampoco.
Sentía lástima por Ginger, pero por supuesto entonces sabía muy pocas cosas y creía que lo más probable era que exagerara la situación; sin embargo, descubrí que, a medida que pasaban las semanas, se volvió mucho más mansa y alegre, y había perdido esa mirada vigilante y desafiante que solía dirigir a cualquier persona extraña que se le acercara; y un día James dijo:
«La verdad es que creo que esa yegua me está tomando cariño, me relinchó con ganas esta mañana cuando terminé de frotarle la frente».
—Ay, ay, Jim, son «las bolas de Birtwick» —dijo John—, pronto será tan buena como Black Beauty; ¡lo único que necesita es un poco de cariño, pobrecilla!
El amo también notó el cambio y un día, al bajar del carruaje y acercarse a hablarnos, como hacía a menudo, le acarició el hermoso cuello.
—Vaya, preciosa, vaya, ¿cómo te van las cosas ahora? Creo que eres bastante más feliz que cuando llegaste con nosotros.
Ella acercó su hocico al de él de manera amistosa y confiada, mientras él se lo acariciaba con suavidad.
—Vamos a curarla, John —dijo él.