Mi Primer Hogar
El primer lugar que bien puedo recordar era un prado grande y agradable con un estanque de agua clara.
Algunos árboles umbrosos se inclinaban sobre él, y juncos y nenúfares crecían en el extremo hondo.
Al otro lado del seto mirábamos hacia un campo arado, y por el otro mirábamos a través de una verja la casa de nuestro amo, que estaba junto al camino; en la parte alta del prado había un bosquecillo de abetos, y en la baja, un arroyo correntoso sobre el cual se inclinaba una pendiente pronunciada.
Cuando era joven me alimentaba de la leche de mi madre, ya que no podía comer hierba. Durante el día corría a su lado, y por la noche me acostaba muy cerca de ella. Cuando hacía calor solíamos pararnos junto al estanque a la sombra de los árboles, y cuando hacía frío teníamos un cobertizo agradable y templado cerca del bosquecillo.
Tan pronto como tuve la edad suficiente para comer hierba, mi madre solía salir a trabajar durante el día y regresaba por la noche.
Había seis potrillos jóvenes en la pradera además de mí; eran mayores que yo; algunos eran casi tan grandes como caballos adultos.
Solía correr con ellos y me divertía mucho; solíamos galopar todos juntos dando vueltas y más vueltas al campo, tan rápido como podíamos. A veces teníamos juegos un tanto violentos, pues con frecuencia mordían y coceaban además de galopar.