Luego alguien corrió a la casa de nuestro amo y volvió con una escopeta; al poco rato se oyó una fuerte detonación y un chillido terrible, y después todo quedó en silencio; el caballo negro no volvió a moverse.
Mi madre parecía muy turbada; decía que conocía a ese caballo desde hacía años, y que se llamaba Rob Roy; era un buen caballo, y no tenía ningún vicio. Jamás volvería a ir a esa parte del campo después de aquello.
No muchos días después oímos doblar la campana de la iglesia durante mucho tiempo, y al mirar por encima de la puerta vimos un coche fúnebre largo y extraño, cubierto con paño negro y tirado por caballos negros; después de ese vino otro y otro y otro, y todos eran negros, mientras la campana seguía doblando y doblando. Llevaban al joven Gordon al cementerio para enterrarlo. Nunca volvería a cabalgar. Lo que hicieron con Rob Roy nunca lo supo nadie; pero todo fue por una liebre pequeña.