la baticola. > Odiaba la baticola; tener mi larga cola doblada y metida a través de esa correa era casi tan malo como el bocado. Nunca tuve tantas ganas de dar coces, pero por supuesto no podía darle coces a un amo tan bueno, y así con el tiempo me acostumbré a todo, y pude hacer mi trabajo tan bien
No debo olvidar mencionar una parte de mi adiestramiento, que siempre he considerado una gran ventaja. Mi amo me envió durante quince días a la granja de un vecino, que tenía un prado bordeado en uno de sus lados por el ferrocarril. Allí había algunas ovejas y vacas, y me soltaron entre ellas.
Jamás olvidaré el primer tren que pasó. Yo estaba pastando tranquilamente junto a las estacas que separaban el prado de la vía férrea, cuando oí un ruido extraño a lo lejos, y antes de que pudiera saber de dónde venía —con un estrépito, un traqueteo y una bocanada de humo—, un largo tren negro de algo pasó volando, y se fue casi antes de que pudiera tomar aliento.
Me giré y galopé hacia el otro lado del prado tan rápido como pude, y allí me quedé resoplando de asombro y miedo.
En el transcurso del día pasaron muchos otros trenes, algunos más lentamente; estos se detenían en la estación cercana y a veces daban un grito y un gemido horribles antes de pararse. Me pareció algo espantoso, pero las vacas siguieron comiendo con mucha tranquilidad y apenas levantaron la cabeza cuando aquella cosa negra y espantosa pasó resoplando y crujiendo.
Durante los primeros días no pude pastar en paz; pero como descubrí que aquella criatura terrible nunca entraba en el prado ni me hacía ningún daño, comencé a no hacerle caso, y muy pronto el paso de un tren me importó tan poco como a las vacas y a las ovejas.