tan desgarrada en las comisuras de la boca que no pude comer el heno; los tallos me hacían daño. Lo miró de cerca, meneó la cabeza y le dijo al hombre que trajera un buen puré de salvado y le pusiera un poco de harina. ¡Qué bueno estaba ese puré!, y qué suave y curativo para mi boca. Se quedó allí todo el tiempo que estuve comiendo, acariciándome y hablando con el hombre. «Si una criatura de tanta sangre como esta —dijo— no puede ser domada por las buenas, nunca servirá para nada».
“Después de eso vino a verme a menudo, y cuando se me curó la boca, el otro domador, Job, como le llamaban, siguió entrenándome; era constante y reflexivo, y pronto aprendí lo que quería”.