Pobre Ginger
Un día, mientras nuestro carruaje y muchos otros esperaban fuera de uno de los parques donde tocaba la música, un carruaje viejo y andrajoso se detuvo junto al nuestro.
El caballo era un viejo alazán gastado, de pelaje descuidado, con los huesos que se le marcaban claramente a través de este, las rodillas dobladas hacia adelante y las extremidades delanteras muy inseguras.
Yo había estado comiendo algo de heno, y el viento rodó un pequeño mechón en esa dirección; la pobre criatura estiró su largo y delgado cuello y lo recogió, para luego volverse y buscar más.
Había una mirada de desesperanza en su ojo apagado que no pude evitar notar y entonces, mientras pensaba dónde había visto antes a ese caballo, me miró fijamente y dijo: «¿Black Beauty, eres tú?».
¡Era Ginger! ¡Pero cuán cambiada! El cuello, antes maravillosamente arqueado y lustroso, ahora estaba recto, lacio y hundido; las patas, limpias y rectas, y los delicados nudillos se habían hinchado; las articulaciones se habían deformado debido al duro trabajo; la cara, que una vez fuera tan llena de espíritu y vida, estaba ahora llena de sufrimiento, y por el agitado latir de sus ijares y su tos frecuente, pude darme cuenta de lo mal que tenía el fuelle.
Nuestros conductores estaban juntos un poco más allá, así que me acerqué a ella con disimulo uno o dos pasos, para poder conversar un poco tranquilos. Era una triste historia la que tenía que contar.
Tras una temporada de descanso en Earlshall, se la consideró apta para trabajar de nuevo y fue vendida a un caballero.
Durante un breve tiempo le fue muy bien, pero tras un galope más largo de lo habitual reapareció la vieja lesión y, tras ser tratada y dejada en reposo, la volvieron a vender.
De este modo cambió de manos varias veces, pero cayendo siempre un poco más bajo.
«Y así al fin —dijo ella—, fui comprada por un hombre que tiene varios coches y caballos, y los alquila. Pareces acomodado, y me alegro por ti, pero no podría contarte cómo ha sido mi vida.
Cuando descubrieron mi debilidad, dijeron que no valía lo que habían pagado por mí, y que tenía que ir a uno de los coches de baja categoría y dejar que me agotaran; eso es lo que están haciendo, fustigándome y haciéndome trabajar sin el menor pensamiento de lo que sufro; pagaron por mí y tienen que sacármelo, dicen.
El hombre que me alquila ahora le paga una gran cantidad de dinero al dueño todos los días, y por eso él también tiene que sacármelo a mí; y así es toda la semana sin parar, sin un solo domingo de descanso».
Le dije: «Antes te defendías si te trataban mal».
—¡Ah! —dijo ella—, una vez lo hice, pero no sirve de nada; los hombres son los más fuertes, y si son crueles y no tienen sentimientos, no hay nada que podamos hacer, sino soportarlo, soportarlo una y otra vez hasta el final. Ojalá hubiera llegado el final, ojalá estuviera muerta. He visto caballos muertos y estoy segura de que no sufren dolor; ojalá caiga muerta mientras trabajo y no me manden al matadero.
Estaba muy conmovido, y acerqué mi nariz a la suya, pero no supe qué decirle para consolarla. Creo que le alegró verme, pues dijo: «Eres el único amigo que he tenido».
En ese momento se acercó su cochero y, tirándole de la boca, la sacó de la fila y se fue, dejándome de verdad muy triste.
Poco tiempo después de esto, un carro con un caballo muerto pasó por nuestra parada de carruajes. La cabeza colgaba por la parte trasera del carro, la lengua sin vida goteaba lentamente sangre; ¡y los ojos hundidos! Pero no puedo hablar de ellos, el espectáculo era demasiado espantoso.
Era un caballo alazán con el cuello largo y delgado. Vi una mancha blanca en la frente. Creo que era Ginger; esperaba que lo fuera, porque así sus sufrimientos habrían terminado. ¡Oh! Si los hombres fueran más clementes, nos dispararían antes de llegar a semejante miseria.