piquen y piquen, y no tener nada en el mundo con qué azotarlas para alejarlas. Se los digo, es una injusticia de por vida y una pérdida de por vida; pero, gracias al cielo, ya no lo hacen».
—¿Para qué lo hicieron entonces? —dijo Ginger.
—¡Por la moda! —dijo el viejo caballo dando una patada en el suelo—; ¡por la moda!, si es que sabes lo que eso significa; en mis tiempos no había ningún caballo joven de buena familia al que no le hubieran cortado la cola de esa manera vergonzosa, como si el buen Dios que nos creó no supiera lo que necesitábamos y lo que mejor nos quedaba.
—Supongo que es la moda lo que les hace sujetarnos la cabeza con esos horribles hierros con los que a mí me torturaron en Londres —dijo Ginger.
—Por supuesto que lo es —dijo él—; a mi parecer, la moda es una de las cosas más perversas del mundo. Fíjate, por ejemplo, en la forma en que tratan a los perros, cortándoles la cola para hacerlos parecer valientes, y esquilándoles las orejas bonitas y pequeñas hasta dejarlas puntiagudas solo para que parezcan sagaces, válgame Dios.
Tuve una vez un querido amigo, un terrier marrón; «Skye» la llamaban. Me tenía tanto cariño que nunca quería dormir fuera de mi caballeriza; se hizo la cama bajo el pesebre, y allí tuvo una camada de cinco perritos tan bonitos como pudiera desearse; a ninguno lo ahogaron, porque eran de una raza valiosa, ¡y qué contenta estaba con ellos! y cuando abrieron los ojos y se arrastraban por allí, era un espectáculo la mar de bonito; pero un día vino el hombre y se los llevó a todos; pensé que tal vez temía que yo los pisara.