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XLI. El carnicero

El Carnicero

Vi muchísimos problemas entre los caballos en Londres, y gran parte de ellos se podría haber evitado con un poco de sentido común. A los caballos no nos importa el trabajo duro si se nos trata con sensatez, y estoy seguro de que hay muchos conducidos por hombres bastante pobres que tienen una vida más feliz que la que yo tenía cuando solía ir en el carruaje de la condesa de W⁠⸺, con mis arneses con adornos de plata y mi abundante comida.

A menudo se me encogía el corazón al ver cómo trataban a los ponis pequeños, que se esforzaban con cargas pesadas o tambaleándose bajo los fuertes golpes de algún muchacho vil y cruel.

Una vez vi a un poni gris con una crin espesa y una cabeza bonita, tan parecido a Merrylegs que, de no haber estado en la silla, le habría relinchado. Estaba haciendo todo lo posible por tirar de un carro pesado, mientras un muchacho fuerte y rudo le cortaba el vientre con su látigo y le tiraba cruelmente de la pequeña boca.

¿Podría ser Merrylegs? Era idéntico a él; pero se suponía que el señor Blomefield nunca debía venderlo, y creo que no lo habría hecho; no obstante, este bien podría haber sido un compañerito igual de bueno y haber tenido un hogar tan feliz cuando era joven.

A menudo notaba la gran velocidad a la que hacían ir a los caballos de los carniceros, aunque no supe por qué era así hasta un día en que tuvimos que esperar un buen rato en St. John’s Wood.

Había una carnicería al lado y, mientras estábamos parados, llegó el carro de un carnicero a toda velocidad. El caballo estaba sudoroso y muy agotado; colgaba la cabeza, mientras sus ijares agitados y sus piernas temblorosas mostraban lo duro que lo habían conducido.

El muchacho saltó del carro y se disponía a buscar la cesta cuando el amo salió de la tienda muy disgustado. Después de mirar al caballo, se volvió furioso hacia el muchacho.

—¿Cuántas veces he de decirte que no conduzcas de este modo? Arruinaste al último caballo y lo dejaste sin fuelle, y vas a arruinar a este de la misma manera.

Si no fueras mi propio hijo, te despediría en el acto; es una vergüenza que traigan un caballo al taller en un estado como ese; te arriesgas a que la policía te detenga por conducir así, y si lo hace, no esperes que pague tu fianza, pues te he hablado hasta la saciedad; tendrás que vérselas por ti mismo.

Durante este discurso el muchacho había permanecido al lado, hosco y terco, pero cuando su padre calló, prorrumpió con ira. No era culpa suya, y no aceptaría la culpa; él no había hecho más que seguir órdenes todo el tiempo.

—Usted siempre dice: “¡Vamos, date prisa; avispate!”; y cuando voy a las casas, en una me piden una pierna de carnero para un almuerzo temprano y tengo que estar de vuelta con ella en un cuarto de hora; otra cocinera se ha olvidado de encargar la carne de vaca; tengo que ir a buscarla y volver en un santiamén, o la señora me regañará; y el ama de llaves dice que les viene visita de imprevisto y necesitan que les manden unas chuletas ahora mismo; y la señora del número 4, en el Crescent, nunca encarga la comida hasta que llega la carne para el almuerzo, y es un no parar de corre, corre todo el tiempo. ¡Si los señores pensaran en lo que quieren y encargaran la carne el día antes, no haría falta armar este revuelo!

—Ojalá lo hicieran —dijo el carnicero—, me ahorraría una cantidad tremenda de molestias, y podría atender mucho mejor a mis clientes si lo supiera de antemano... ¡Pero bah! ¿De qué sirve hablar?; ¿quién piensa jamás en la comodidad de un carnicero o en el caballo de un carnicero! Venga, pues, llévatelo adentro y cuídalo bien; cuida que no vuelva a salir hoy, y si se necesita algo más, tendrás que llevarlo tú mismo en la cesta. Dicho esto, entró, y el caballo fue conducido.

Pero no todos los chicos son crueles. He visto a algunos tan encariñados con su poni o burro como si fuera su perro favorito, y las pequeñas criaturas han trabajado tan alegre y diligentemente para sus jóvenes conductores como yo para Jerry. Puede que a veces sea un trabajo duro, pero la mano y la voz de un amigo lo hacen fácil.

Había un joven verdulero que subía por nuestra calle con verduras y patatas; tenía un viejo poni, no muy hermoso, pero la pequeña criatura más alegre y valiente que jamás haya visto, y ver cuánto se querían aquellos dos era un verdadero placer.

El poni seguía a su amo como un perro, y cuando este subía al carro, echaba a trotar sin necesidad de látigo ni de una palabra, repiqueteando calle abajo tan alegremente como si hubiera salido de las caballerizas de la reina. A Jerry le gustaba el muchacho y lo llamaba príncipe Carlos, pues decía que algún día llegaría a ser un rey de los cocheros.

También había un viejo que solía subir por nuestra calle con un pequeño carro de carbón; llevaba puesto un sombrero de carbonero y tenía un aspecto rudo y negro.

Él y su viejo caballo solían marchar penosamente juntos por la calle, como dos buenos socios que se entendían el uno al otro; el caballo se detenía por propia voluntad en las puertas donde le compraban carbón; solía mantener una oreja orientada hacia su amo.

El grito del viejo se podía oír calle arriba mucho antes de que se acercara. Nunca supe lo que decía, pero los niños lo llamaban «Viejo Ba-a-ar Hoo», porque sonaba así.

Polly le compraba el carbón y era muy amable, y Jerry decía que era un consuelo pensar lo feliz que podía ser un viejo caballo en un lugar pobre.

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