Mi boca nunca ha sido maltratada, y creo que por eso la señora me prefería a Ginger, aunque sus aires eran sin duda igual de buenos. A menudo solía envidiarme, y decía que la culpa de que su boca no fuera tan perfecta como la mía era enteramente de la doma y del bocado de barras en Londres; y entonces el viejo Sir Oliver decía: «¡Vaya, vaya!, no te aflijas; tú tienes el mayor honor; una yegua que puede llevar a un hombre alto del peso de nuestro amo, con toda tu elasticidad y acción vivaz, no necesita agachar la cabeza por no llevar a la señora; los caballos debemos tomar las cosas como vienen, y estar siempre contentos y dispuestos siempre que nos traten con amabilidad».
Me había preguntado a menudo cómo era posible que Sir Oliver tuviera un rabo tan corto; en realidad no medía más de quince o dieciocho centímetros, con un borlón de pelo colgando del extremo; y en una de nuestras jornadas de descanso en el huerto me atreví a preguntarle por qué accidente había perdido la cola.
«¡Accidente! —exclamó resoplando con una mirada feroz—; ¡no fue ningún accidente! ¡Fue un acto cruel, vergonzoso y a sangre fría! Cuando era joven me llevaron a un lugar donde se hacían estas crueldades; me ataron y me sujetaron bien para que no pudiera moverme, y entonces vinieron y me cortaron el rabo, largo y hermoso, a través de la carne y del hueso, y se lo llevaron».
—¡Qué horror! —exclamé.
«¡Espantoso, ah!, fue espantoso; pero no fue solo el dolor, aunque ese fue terrible y duró mucho tiempo; no fue solo la indignación de que me quitaran mi mejor adorno, aunque eso fue malo; sino que fue esto: ¿cómo volvería a espantar las moscas de mis ijares y de mis patas traseras? Ustedes, que tienen cola, simplemente se las quitan de un coletazo sin pensarlo, y no se imaginan qué tormento es que se les posen a uno y