Cuando los animales y el pequeño vieron al Doctor y a Jip regresar al barco con un pelirrojo, empezaron a vitorear, gritar y bailar por toda la embarcación.
Y las golondrinas allá arriba empezaron a silbar a más no poder —miles y millones de ellas— para demostrar que ellas también se alegraban de que hubieran encontrado al valiente tío del muchacho.
El ruido que armaban era tan grande que los marineros mar adentro pensaron que se vecina una terrible tormenta.
«¡Escuchen ese vendaval aullando en el Este!», dijeron.
Y Jip estaba horriblemente orgulloso de sí mismo, aunque se esforzaba mucho por no parecer presumido. Cuando Dab-Dab se le acercó y le dijo: «¡Jip, no tenía idea de que fueras tan listo!», él simplemente sacudió la cabeza y respondió:
“Oh, eso no es nada del otro mundo. Pero hace falta un perro para encontrar a un hombre, ya sabes. Los pájaros no sirven para un juego así”.
Entonces el Doctor le preguntó al pescador pelirrojo dónde era su hogar. Y cuando se lo hubo dicho, el Doctor les pidió a las golondrinas que guiaran el barco primero hacia allí.
Y cuando hubieron llegado a la tierra de la que el hombre les había hablado, vieron un pequeño pueblo de pescadores al pie de una montaña rocosa; y el hombre les señaló la casa donde vivía.
Y mientras fondeaban, la madre del muchachito (que era también la hermana del hombre) bajó corriendo a la orilla a recibirlos, riendo y llorando al mismo tiempo. Llevaba veinte días sentada en una colina, mirando el mar y esperando a que regresaran.