—¿Tiene que ser toda tu cara blanca? —preguntó el Doctor.
“Sí, por todas partes —dijo Bumpo—, y también me gustaría tener los ojos azules, pero supongo que eso debe ser muy difícil de hacer”.
—Sí, así sería —dijo el Doctor con rapidez.
—Bien, haré lo que pueda por ti. Aunque tendrás que ser muy paciente; ya sabes que con algunas medicinas nunca se puede estar muy seguro. Puede que tenga que probar dos o tres veces. Tienes la piel dura, ¿sí? Bueno, eso está bien. Ahora ven aquí, hacia la luz... Oh, pero antes de que haga nada, primero debes ir a la playa y preparar un barco, con comida dentro, para que me lleve al otro lado del mar. No digas ni una sola palabra de esto a nadie. Y cuando haya hecho lo que pides, debes dejarnos salir de la prisión a mí y a todos mis animales. ¡Promételo... por la corona de Jolliginki!
Así pues, el Príncipe lo prometió y se fue a preparar un barco a la orilla del mar.
Cuando volvió y dijo que ya estaba hecho, el Doctor le pidió a Dab-Dab que trajera una jofaina. Luego mezcló una gran cantidad de medicinas en la jofaina y le dijo a Bumpo que sumergiera la cara en ella.
El Príncipe se inclinó y metió la cara dentro—justo hasta las orejas.
Lo sostuvo allí durante mucho tiempo—tanto que el Doctor pareció ponerse terriblemente ansioso e inquieto, parándose primero en una pierna y luego en la otra, mirando todas las botellas que había usado para la mezcla y leyendo las etiquetas una y otra vez. Un fuerte olor llenó la prisión, parecido al olor a papel de estraza quemándose.
Al fin el príncipe levantó el rostro de la jofaina, respirando con muchísima dificultad. Y todos los animales exclamaron con sorpresa.