Los cotillas del océano
En seguida se encontró un hacha. Y el Doctor no tardó en abrir a hachazos un agujero en la puerta lo suficientemente grande como para pasar a través.
Al principio no podía ver absolutamente nada, estaba tan oscuro por dentro.
Así que encendió una cerilla.
La habitación era bastante pequeña; sin ventana; el techo, bajo. Como mobiliario había solo un banquito.
Alrededor de la habitación había grandes barriles apoyados contra las paredes, sujetos por la base para que no cayeran con el balanceo del barco; y sobre los barriles, jarras de estaño de todos los tamaños colgaban de clavijas de madera.
Había un fuerte olor a vino.
Y en el centro del suelo sentado un niñito, de unos ocho años, llorando amargamente.
—¡Vaya, si es la cantina de los piratas! —dijo Jip en un susurro.
—Sí. ¡Qué raro! —dijo Gub-Gub—. El olor me marea.
El pequeño parecía bastante asustado al encontrar a un hombre de pie allí ante él y a todos aquellos animales mirando fijamente a través del agujero