persistentes horas. Ve a verlo, valiente Bumpo, en secreto, cuando el sol se haya puesto; y he aquí que ¡serás convertido en el príncipe más blanco que jamás haya conquistado a una hermosa dama! He dicho suficiente. Ahora debo regresar al País de las Hadas. ¡Adiós!»
—¡Adiós! —gritó el príncipe—. ¡Mil gracias, buen Tripsitinka!
Y volvió a sentarse en el banco con una sonrisa en el rostro, esperando a que se pusiera el sol.