casi como si estuviera cantando, tristemente, en un sueño.
«Ladrillos», susurró muy bajito, «viejos ladrillos amarillos, desmoronándose de viejos en la tapia de un jardín; el dulce aliento de las vacas jóvenes de pie en un arroyo de montaña; el tejado de plomo de un palomar —o tal vez un granero— con el sol del mediodía pegándole; guantes negros de cabritilla en el cajón de una cómoda de madera de nogal; un camino polvoriento con un abrevadero para caballos bajo los sicomoros; pequeños champiñones brotando entre las hojas podridas; y—y—y—»
—¿Alguna chirivía? —preguntó Gub-Gub.
—No —dijo Jip—. Siempre estás pensando en cosas de comer. Nada de chirivías, en absoluto. Y nada de rapé; muchas pipas y cigarrillos, y unos cuantos puros. Pero nada de rapé. Debemos esperar a que el viento cambie al sur.
—Sí, es un viento maldito, ese —dijo Gub-Gub—. Creo que eres un farsante, Jip. ¡Quién ha oído hablar de encontrar a un hombre en medio del océano solo por el olfato! Te dije que no podías hacerlo.
—Mira —dijo Jip, poniéndose muy furioso—;