En vela
Ha dejado de llover por fin en Lincolnshire, y Chesney Wold ha recuperado la alegría.
La señora Rouncewell está llena de cuidados hospitalarios, pues Sir Leicester y mi Lady regresan de París.
La sección de sociedad se ha enterado y comunica la feliz noticia a la ignorante Inglaterra. También ha descubierto que recibirán a un círculo brillante y distinguido de lo mejor del beau monde (la sección de sociedad anda floja en inglés, pero es un gigante renovado en francés) en la antigua y hospitalaria residencia familiar de Lincolnshire.
Para mayor honor del brillante y distinguido círculo, y de paso de Chesney Wold, el arco roto del puente del parque ha sido reparado; y el agua, retirada ahora a sus justos límites y de nuevo cruzada con gracia, figura en la perspectiva desde la casa.
El sol claro y frío brilla en los bosques quebradizos y contempla con aprobación cómo el viento agudo dispersa las hojas y seca el musgo. Se desliza por el parque tras las sombras movedizas de las nubes, y las persigue, y nunca las alcanza, en todo el día.
Se asoma a las ventanas y toca los retratos ancestrales con franjas y manchas de brillo jamás contempladas por los pintores. A través del cuadro de mi Lady, sobre la gran chimenea, arroja una amplia banda siniestra de luz que desciende torcida hacia el hogar y parece desgarrarlo.
A través del mismo sol frío y el mismo viento cortante, mi Lady y sir Leicester, en su carruaje de viaje (la doncella de mi Lady y el sirviente de sir Leicester muy afectuosos en el pescante trasero), parten rumbo a casa.
Entre un considerable tintineo y chasquidos de látigo, y numerosas demostraciones de ímpetu por parte de dos caballos sin montura y dos centauros de sombreros abrillantados, botas altas y crines y colas ondeantes, salen a toda velocidad del patio del Hotel Bristol, en la Place Vendôme, y avanzan al trote corto entre la columnata ajedrezada de luces y sombras de la Rue de Rivoli y el jardín del desdichado palacio de un rey y una reina sin cabeza, rumbo a la Plaza de la Concordia, los Campos Elíseos y la Puerta de la Estrella, saliendo de París.
A decir verdad, no pueden marcharse demasiado pronto, pues aun aquí mi Lady Dedlock se ha aburrido soberanamente. Concierto, asamblea, ópera, teatro, paseo en coche, nada es nuevo para mi Lady bajo los cielos gastados. Tan solo el domingo pasado, cuando los pobres infelices se divertían —dentro de los muros, jugando con los niños entre los árboles recortados y las estatuas del Jardín del Palacio; paseando, en grupos de veinte a la par, por los Campos Elíseos, vueltos más elíseos por perros amaestrados y caballos de madera; entretanto filtrándose (unos pocos) en la sombriza Catedral de Nuestra Señora para decir una palabra o dos al pie de una columna, al resplandor de una pequeña parrilla mohosa llena de velitas titilantes; fuera de los muros que cercan París con bailes, amoríos, consumo de vino, tabaquería, visitas a tumbas, partidas de billar, naipes y dominó, curanderismo y gran cantidad de desperdicios homicidas, animados e inanimados—, tan solo el domingo pasado, mi Lady, en la desolación del Aburrimiento y en las garras del Gigante Desesperación, casi llegó a odiar a su propia doncella por estar de buen humor.
No puede, por lo tanto, alejarse demasiado aprisa de París. El cansancio del alma se extiende ante ella, tal como queda atrás —su Ariel ha ceñido con él la tierra entera, y no hay modo de desatarlo—, pero el remedio imperfecto consiste siempre en huir del último lugar donde se ha experimentado.
¡Arroja a París a la distancia, pues, cambiándolo por interminables alamedas y encrucijadas de árboles invernales! Y, cuando vuelva a avistarse, que sea a unas leguas de distancia, con la Puerta de la Estrella como una mancha blanca que brilla al sol, y la ciudad convertida en un simple montículo en una llanura —de la que emergen dos torres oscuras y cuadradas, mientras la luz y la sombra descienden sobre ella en diagonal, como los ángeles en el sueño de Jacob!
Sir Leicester se encuentra por lo general en un estado de complacencia, y rara vez se aburre. Cuando no tiene otra cosa que hacer, siempre puede contemplar su propia grandeza.
Es una ventaja considerable para un hombre tener un tema tan inagotable. Después de leer sus cartas, se recuesta en el rincón del carruaje y por lo general repasa su importancia para la sociedad.
—¿Tiene usted una cantidad inusual de correspondencia esta mañana? —dice mi Lady al cabo de un buen rato. Está fatigada de leer. Casi ha leído una página en veinte millas.
—No hay nada dentro, sin embargo. Absolutamente nada.
—Vi uno de los largos escritos del señor Tulkinghorn, ¿creo?
—Usted lo ve todo —dice Sir Leicester con admiración.
«¡Ja suspira mi señora! ¡Es el más pesado de los hombres!»
—Él le manda —te ruego que me disculpes, de verdad—, le manda —dice Sir Leicester, seleccionando la carta y desdoblándola— un recado. El paraje en el que paramos a cambiar caballos cuando llegué a su posdata hizo que se me borrara de la memoria. Te ruego que me disculpes. Dice... —Sir Leicester tarda tanto en sacarse el monóculo y colocárselo que mi Lady parece un poco irritada—. Dice: «En cuanto al asunto del derecho de paso...», te pido disculpas, ese no es el lugar. Dice... ¡Sí! ¡Aquí lo tengo! Dice: «Transmita mis respetos a mi Lady, de quien espero que el cambio le haya sentado bien. ¿Me haría el favor de mencionarle (dado que puede interesarle) que tengo algo que contarle a su regreso referente a la persona que copió la declaración jurada en el pleito de la Cancillería, que tanto estimuló su curiosidad? Lo he visto»”.
Mi señora, inclinándose hacia adelante, mira por su ventana.
—Ese es el mensaje —observa sir Leicester.
—Me gustaría caminar un poco —dice mi Lady, sin apartar los vista de la ventana.
—¿Caminar? —repite sir Leicester en un tono de sorpresa.
—Me gustaría caminar un poco —dice mi Señora con indudable claridad—. Por favor, detenga el coche.
El carruaje se detiene, el afectuoso hombre baja del pescante, abre la puerta y despliega los estribos, obedeciendo a un impaciente gesto de la mano de mi Lady.
Mi Lady baja tan rápidamente y se aleja tan rápidamente que sir Leicester, a pesar de su escrupulosa cortesía, no puede ayudarla y se queda atrás.
Transcurre un espacio de uno o dos minutos antes de que él la alcance. Ella sonríe, luce muy hermosa, lo toma del brazo, pasea con él durante un cuarto de milla, se aburre muchísimo y vuelve a ocupar su asiento en el carruaje.
El traqueteo y el estrépito continúan durante la mayor parte de tres días, con más o menos repique de campanillas y chasquidos de látigo, y más o menos corcoveos de centauros y caballos sin herraduras.
Su cortesía recíproca y refinada en los hoteles donde se hospedan es motivo de admiración general.
Aunque mi señor es un poco mayor para mi señora, dice Madame, la fondista del Simio Dorado, y aunque bien podría ser su amable padre, se nota a simple vista que se aman.
¡Uno observa a mi señor, con su cabello blanco, de pie, sombrero en mano, para ayudar a mi señora a subir y bajar del carruaje! ¡Uno observa a mi señora, cuán agradecida de la cortesía de mi señor, con una inclinación de su graciosa cabeza y la concesión de sus dedos tan distinguidos!
¡Es arrebatador!
El mar no aprecia a los grandes hombres, sino que los zarandea como si fueran pececillos.
Suele ensañarse con Sir Leicester, a quien motea de verde el semblante a modo de queso de hierbas y en cuyo aristocrático sistema opera una lúgubre revolución. Es para él el Radical de la Naturaleza.
Sin embargo, su dignidad se sobrepone tras detenerse a remozarse, y continúa viaje con mi Lady hacia Chesney Wold, deteniéndose una sola noche en Londres de camino a Lincolnshire.
A través de la misma luz solar fría, más fría a medida que el día deciente, y a través del mismo viento cortante, más cortante a medida que las sombras separadas de los árboles desprovistos de hojas se oscurecen juntas en el bosque, y mientras el Paseo del Fantasma, tocado en el rincón occidental por un montón de fuego en el cielo, se resigna a la noche que se avecina, entran en coche al parque.
Las grajas, meciéndose en sus altas casas de la avenida de olmos, parecen discutir la cuestión de la ocupación del carruaje mientras este pasa por debajo, algunas concordando en que Sir Leicester y mi Lady han bajado, otras discutiendo con malcontentos que no quieren admitirlo, ahora todas consintiendo en dar el asunto por zanjado, ahora todas estallando de nuevo en un debate violento, incitadas por un pájaro obstinado y somnoliento que insiste en meter un último graznido contradictorio.
Dejándolas mecerse y graznar, la carroza de viaje rueda hacia la casa, donde los fuegos brillan cálidamente a través de algunas de las ventanas, aunque no a través de las suficientes como para dar una expresión habitada a la masa oscurecida de la fachada. Pero el círculo brillante y distinguido pronto hará eso.
La señora Rouncewell está presente y recibe el saludo de manos habitual de Sir Leicester con una profunda reverencia.
—¿Cómo está, señora Rouncewell? Me alegro de verla.
—Espero tener el honor de saludarle con buena salud, ¿sir Leicester?
«En excelente salud, señora Rouncewell».
—Mi señora tiene un aspecto encantador —dice la señora Rouncewell con otra reverencia.
Mi Señora da a entender, sin derroche de palabras, que está tan cansadamente bien como puede esperar estarlo.
Pero Rosa está en la distancia, detrás del ama de llaves; y mi señora, que no ha subyacente la rapidez de su observación, cualquier otra cosa que haya conquistado, pregunta: «¿Quién es esa muchacha?».
—Una joven erudita mía, mi señora. Rosa.
—¡Ven aquí, Rosa! —lady Dedlock la llama, incluso con visos de interés.
—Vaya, ¿sabes lo bonita que eres, muchacha? —dice, tocándole el hombro con los dos dedos índices.
Rosa, muy marcadamente turbada, dice: «¡No, si usted gusta, señora!», y mira hacia arriba, y mira hacia abajo, y no sabe dónde mirar, pero se ve todavía más bonita.
“¿Cuántos años tienes?”
“Diecinueve, mi señora.”
—Diecinueve —repite pensativa mi Señora—. Cuida que no te echen a perder con lisonjas.
—Sí, mi Señora.
Mi Lady se golpea la mejilla con hoyuelos con los mismos delicados dedos enfundados en guantes y avanza hasta el pie de la escalera de roble, donde sir Leicester la espera como su caballero escolta.
Un viejo Dedlock de mirada fija en un panel, del tamaño natural y tan soso, parece como si no supiera qué pensar de todo aquello, lo cual probablemente era su estado mental general en los días de la reina Isabel.
Aquella noche, en la habitación del ama de llaves, Rosa no puede hacer otra cosa que murmurar las alabanzas de Lady Dedlock.
Es tan afable, tan agraciada, tan hermosa, tan elegante; ¡tiene una voz tan dulce y un tacto tan conmovedor que Rosa todavía puede sentirlo!
La señora Rouncewell confirma todo esto, no sin orgullo personal, reservándose únicamente el único punto de la afabilidad. La señora Rouncewell no está muy segura de eso.
Dios me libre de decir una sola palabra en desprecio de cualquier miembro de esa excelente familia, sobre todo de mi Lady, a quien todo el mundo admira; pero si mi Lady fuera tan solo «un poco más abierta», no tan fría y distante, la señora Rouncewell piensa que sería más afable.
—Casi es una pena —añade la señora Rouncewell—, solo «casi» porque raya en la impiedad suponer que algo podría ser mejor de lo que es, en una disposición tan expresa como la de los asuntos de los Dedlock—, que mi Lady no tenga familia. Si hubiera tenido una hija ahora, una señorita crecida, que la interesara, creo que habría tenido la única clase de excelencia que le falta.
—¿No la habrá hecho eso aún más orgullosa, abuela?, dice Watt, que ha estado en casa y ha vuelto, es tan buen nieto.
—Más y muchísimo, querida mía —replica el ama de llaves con dignidad—, son palabras que no me corresponde emplear —ni mucho menos oír— aplicadas a ningún inconveniente de mi señora.
“Te pido perdón, abuela. Pero es orgullosa, ¿no es verdad?”
“Si lo es, tiene razones para serlo. La familia Dedlock siempre tiene razones para serlo”.
—Bueno —dice Watt—, es de esperar que taigan impresas fuera de sus libros de oraciones un cierto pasaje para la gente sencilla sobre el orgullo y la vanagloria. ¡Perdóname, abuelita! ¡Solo es una broma!
—Sir Leicester y Lady Dedlock, querida mía, no son temas adecuados para bromas.
—Sir Leicester no es ninguna broma en absoluto —dice Watt—, y le pido humildemente perdón. Supongo, abuela, que incluso con la familia y sus invitados aquí abajo, ¿no hay ningún inconveniente en que prolongue mi estancia en el Dedlock Arms uno o dos días, como cualquier otro viajero?
—Ciertamente, ninguno en el mundo, hija.
—Me alegro de eso —dice Watt—, porque tengo un deseo inexpresivo de ampliar mi conocimiento de este hermoso vecindario.
Da la casualidad de que mira a Rosa, quien baja la vista y es, en verdad, muy tímida. Pero según la vieja superstición, deberían ser las orejas de Rosa las que le arden, y no sus frescas y brillantes mejillas, pues la doncella de mi señora está hablando de ella en este momento con energía sobresaliente.
La camarera de mi Lady es una francesa de treinta y dos años, oriunda de alguna parte del sur, por los rumbos de Aviñón y Marsella; una mujer morena, de ojos grandes y cabello negro, que sería hermosa de no ser por cierta boca felina y una general e incosteable tirantez en el rostro, que hace que las mandíbulas parezcan demasiado ávidas y el cráneo demasiado prominente.
Hay algo indefinidamente agudo y marchito en su complexión, y tiene la costumbre vigilante de mirar de reojo sin girar la cabeza, algo de lo que se prescindiría con gusto, sobre todo cuando está de mal humor y anda cerca de los cuchillos.
A pesar del buen gusto de su ropa y pequeños adornos, estas objeciones se manifiestan de tal modo que parece andar por ahí como una loba muy pulcra e imperfectamente domesticada.
Además de ser hábil en todos los saberes propios de su puesto, es casi inglesa por su dominio del idioma; en consecuencia, no le faltan palabras para abrumar a Rosa por haber atraído la atención de mi Lady, y las derrocha con una mueca de sombría burla mientras cena, de modo que su compañero, el hombre afectuoso, respira bastante aliviado cuando ella llega a la etapa de la cuchara en dicho ritual.
¡Ja, ja, ja! ¡Ella, Hortense, habiendo estado al servicio de mi Señora desde hacía cinco años y habiendo guardado siempre las distancias, y esta muñeca, esta marioneta, agasajada —absolutamente agasajada— por mi Señora en el mismo momento de su llegada a la casa! ¡Ja, ja, ja! «¿Y sabes lo bonita que eres, niña?», «No, mi Señora». ¡En eso tienes razón! «¡Y cuántos años tienes, niña! ¡Y ten cuidado de que no te echen a perder con halagos, niña!». ¡Oh, qué bufo! Es lo mejor de todo.
En fin, es algo tan admirable que la mademoiselle Hortense no puede olvidarlo; sino que durante días enteros en las comidas, incluso entre sus compatriotas y otras personas adscritas en igual condición al séquito de visitantes, recae en el disfrute silencioso de la broma—un disfrute expresado, a su manera jovial, mediante una rigidez adicional en el rostro, un estiramiento delgado de los labios comprimidos y una mirada de soslayo, cuya intensa apreciación del humor se refleja frecuentemente en los espejos de mi Lady cuando mi Lady no está entre ellos.
Todos los espejos de la casa entran en acción ahora, muchos de ellos tras un largo período de inactividad. Reflejan rostros apuestos, rostros almibarados, rostros juveniles, rostros de setenta años que no se resignan a ser viejos; la colección entera de rostros que han venido a pasar una semana o dos de enero en Chesney Wold, y a los cuales la crónica de sociedad, gran cazadora ante el Señor, persigue con agudo olfato desde que salen de la madriguera en la Corte de St. James hasta que son acorralados a muerte.
El lugar en Lincolnshire cobra plena vida. De día se oyen disparos y voces resonando en los bosques, jinetes y carruajes animan los caminos del parque, criados y allegados invaden el pueblo y el Dedlock Arms.
Vista de noche desde los claros lejanos entre los árboles, la hilera de ventanas del gran salón, donde el cuadro de mi Lady cuelga sobre la gran chimenea, parece una fila de joyas engastadas en un marco negro. El domingo, la fría iglesiecilla se calienta casi con tanta y tan gallarda compañía, y el aroma general del polvo de los Dedlock se ve sofocado por delicados perfumes.
El brillante y distinguido círculo no encierra en su seno una cantidad reducida de educación, juicio, valor, honor, belleza y virtud.
Sin embargo, hay algo que no marcha del todo bien en él a pesar de sus inmensas ventajas. ¿Qué podrá ser?
¿El dandyísmo?
Ya no hay ningún rey Jorge IV (por desgracia) que dicte la moda de los dandis; ya no hay corbatas de toalla almidonadas, ni chaquetas de talle corto, ni pantorrillas postizas, ni corsés.
Ya no hay caricaturas de petimetres afeminados así ataviados, desmayándose en los palcos de la ópera de puro deleite y siendo revividos por otras criaturas delicadas que les acercan a la nariz frascos de sales de cuello largo.
Ya no hay ningún beau a quien le cueste cuatro hombres a la vez meter a presión en sus calzones de ante, ni que asista a todas las ejecuciones, ni que sufra el remordimiento de haber consumido una vez un guisante.
Pero ¿hay acaso dandyísmo en el círculo brillante y distinguido a pesar de todo, un dandyísmo de una laya más perniciosa, que ha traspasado la superficie y anda haciendo cosas menos inofensivas que encorsetarse con toallas y entorpecer su propia digestión, cosas a las que ninguna persona racional tendría por qué oponerse particularmente?
Pues sí. No se puede disimular. Hay en Chesney Wold, en esta semana de enero, unas damas y unos caballeros a la última moda, que han instaurado un dandismo —en la religión, por ejemplo—. Que por pura y lánguida necesidad de una emoción han convenido en una salmodiaría de dandy sobre la plebe carente de fe en las cosas en general, refiriéndose a las cosas que ya han sido probadas y halladas deficientes, ¡como si un tipo ruin perdiera inexplicablemente la fe en una moneda falsa después de descubrir que lo es! Que harían a la plebe muy pintoresca y fiel retrasando las agujas del reloj del tiempo y cancelando unos cuantos cientos de años de historia.
También hay damas y caballeros de otra laya, no tan nueva, pero muy elegante, que han acordado ponerle un barniz terso al mundo y reprimir todas sus realidades.
- Para quienes todo debe ser lánguido y bonito.
- Que han descubierto la paralización perpetua.
- Que no han de regocijarse por nada ni entristecerse por nada.
- Que no deben dejarse perturbar por las ideas.
Sobre quienes incluso las bellas artes, presentes con polvos y caminando de espaldas como el Lord Chamberlain, deben ataviarse con los patrones de modistas y sastres de generaciones pasadas y tener mucho cuidado de no tomarse nada en serio ni recibir impresión alguna de la época en marcha.
Luego está mi lord Boodle, de considerable reputación en su partido, que sabe lo que es un cargo oficial y que le dice a Sir Leicester Dedlock con mucha gravedad, después de cenar, que la verdad es que no ve hacia dónde se encamina la época actual.
- Un debate no es lo que solía ser un debate;
- la Cámara no es lo que la Cámara solía ser;
- hasta un Gabinete no es lo que era antes.
Observa con asombro que, en el supuesto de que el actual gobierno fuera derrocado, la limitada opción de la Corona para la formación de un nuevo ministerio recaería entre lord Coodle y Sir Thomas Doodle —dando por sentado que le es imposible al duque de Foodle actuar con Goodle, lo cual puede darse por hecho a consecuencia de la ruptura surgida a raíz de aquel asunto con Hoodle—.
Luego, asignando el Ministerio del Interior y la dirección de la Cámara de los Comunes a Joodle, el de Hacienda a Koodle, el de Colonias a Loodle y el de Asuntos Exteriores a Moodle, ¿qué se supone que hay que hacer con Noodle?
No se le puede ofrecer la Presidencia del Consejo; eso está reservado para Poodle. No se le puede poner al frente de Montes y Bosques; eso apenas es lo bastante bueno para Quoodle.
¿Qué se sigue de esto? ¡Que el país ha naufragado, se ha perdido y se ha hecho añicos (como se le hace evidente al patriotismo de Sir Leicester Dedlock) porque no hay forma de colocar a Noodle!
Por otra parte, el muy honorable William Buffy, miembro del Parlamento, sostiene al otro lado de la mesa con otra persona que el naufragio del país —sobre el cual no cabe duda; lo único que se discute es el modo en que se ha producido— es atribuible a Cuffy. Si hubierais hecho con Cuffy lo que teníais que haber hecho cuando entró por primera vez en el Parlamento, y le hubierais impedido pasarse a Duffy, le habríais ganado para la alianza con Fuffy, habríais tenido de vuestra parte el peso que como hábil polemista se le atañe a Guffy, habríais hecho valer en las elecciones la riqueza de Huffy, habríais conseguido para tres condados a Juffy, Kuffy y Luffy, y habríais fortalecido vuestra administración con el conocimiento oficial y los hábitos comerciales de Muffy. ¡Todo esto, en vez de estar, como estáis ahora, a merced del mero capricho de Puffy!
En cuanto a este punto, y en lo que respecta a algunos temas menores, existen diferencias de opinión; pero para el círculo brillante y distinguido, en su totalidad, resulta perfectamente claro que no hay nadie en disputa salvo Boodle y su séquito, y Buffy y su séquito.
Estos son los grandes actores para quienes está reservado el escenario.
Existe un Pueblo, sin duda—cierto gran número de figurantes, a los que hay que dirigirse ocasionalmente y de los que se espera que lancen vivas y coros, como en el escenario teatral—, pero Boodle y Buffy, sus seguidores y familias, sus herederos, albaceas, administradores y cesionarios, son los primeros actores natos, los directores y los líderes, y nadie más puede aparecer en escena por los siglos de los siglos.
En esto también hay tal vez más dandyismo en Chesney Wold del que al brillante y distinguido círculo le convendrá a la larga. Pues ocurre con este, aun con los círculos más silenciosos y educados, como con el círculo que el nigromante dibuja a su alrededor: muy extrañas apariciones pueden verse en activo movimiento afuera. Con esta diferencia: que al ser realidades y no fantasmas, hay un mayor peligro de que irrumpan.
Chesney Wold está lleno de todos modos, tan lleno que en el pecho de las camareras mal alojadas surge un ardiente sentimiento de agravio que resulta imposible apaciguar.
Solo una habitación está vacía. Es una estancia en una torre, de tercer orden de mérito, amueblada con sencillez pero comodidad y con un aire de despacho anticuado. Es el cuarto del señor Tulkinghorn y jamás se le asigna a nadie más, pues él puede presentarse en cualquier momento.
Aún no ha llegado. Es su tranquila costumbre cruzar el parque a pie desde el pueblo cuando hace buen tiempo, dejarse caer por esta habitación como si no hubiera salido de ella desde la última vez que se le vio allí, pedir a un sirviente que informe a Sir Leicester de su llegada por si lo necesitaran, y aparecer diez minutos antes de cenar en la penumbra de la puerta de la biblioteca.
Duerme en su torreón con un mástil quejumbroso sobre su cabeza y tiene un tejado de plomo al aire libre donde, cualquier hermosa mañana en que se encuentra aquí, se puede ver su silueta negra paseando antes de desayunar como una especie de grajo de mayor tamaño.
Todos los días, antes de cenar, mi señora lo busca en la penumbra de la biblioteca, pero él no está ahí.
Todos los días, a la hora de cenar, mi señora mira de soslayo hacia el extremo de la mesa en busca del asiento vacante que aguardaría para recibirlo si acabara de llegar, pero no hay ningún asiento vacante.
Todas las noches, mi señora le pregunta casualmente a su doncella: «¿Ha venido el señor Tulkinghorn?».
Cada noche la respuesta es: «No, mi Señora, aún no».
Una noche, mientras le deshacen el pelo, mi Señora se pierde en hondos pensamientos tras esta respuesta hasta que ve su propio rostro pensativo en el espejo de enfrente, y un par de ojos negros que la observan con curiosidad.
—Tenga la bondad de atender —dice entonces mi Lady, dirigiéndose al reflejo de Hortense— a sus asuntos. Ya podrá contemplar su belleza en otro momento.
—¡Perdón! Fue la belleza de su señoría.
—Eso —dice mi Lady—, ni se le ocurra contemplarlo.
Al fin, una tarde poco antes de la puesta del sol, cuando los brillantes grupos de figuras que durante la última hora o dos han dado vida al Paseo del Fantasma ya se han dispersado y solo quedan Sir Leicester y mi Lady en la terraza, aparece el señor Tulkinghorn. Se acerca a ellos con su habitual paso metódico, que jamás se acelera ni se desacelera. Lleva su habitual máscara inexpresiva —si es que es una máscara— y transporta secretos de familia en cada miembro de su cuerpo y en cada pliegue de su ropa. Si su alma entera está consagrada a los grandes o si no les rinde más que los servicios que les vende es su secreto personal. Lo guarda, como guarda los secretos de sus clientes; en ese asunto él es su propio cliente y jamás se traicionará a sí mismo.
—¿Cómo está usted, Mr. Tulkinghorn? —dice sir Leicester, dándole la mano.
El señor Tulkinghorn está perfectamente. Sir Leicester está perfectamente. My Lady está perfectamente. Todo altamente satisfactorio.
El abogado, con las manos a la espalda, camina junto a Sir Leicester por la terraza. My Lady camina por el otro lado.
—Esperábamos que llegara antes —dice sir Leicester. Una observación benévola. Tanto como para decir: «Sr. Tulkinghorn, recordamos su existencia cuando usted no está aquí para recordárnosla con su presencia. ¡Le concedemos una fracción de nuestras mentes, caballero, ya lo ve!».
Mr. Tulkinghorn, comprendiéndolo, inclina la cabeza y dice que está muy agradecido.
—Debió de haber bajado antes —explica—, de no haber estado tan ocupado con los asuntos relativos a los diversos pleitos entre usted y Boythorn.
—Un hombre con una mente muy desordenada —observa sir Leicester con severidad—.
—Una persona sumamente peligrosa en cualquier comunidad. Un hombre de una calaña mental muy baja.
—Es obstinado —dice el señor Tulkinghorn.
—Es natural que un hombre así sea así —dice sir Leicester, adoptando él mismo un aire de la más profunda obstinación—. No me sorprende en absoluto oírlo.
—La única cuestión es —continúa el abogado—, si renunciarás a algo.
“No, señor”, replica Sir Leicester. “Nada. ¿Me rindo?”
“No me refiero a nada de importancia. Eso, por supuesto, sé que usted no lo abandonaría. Me refiero a cualquier detalle menor”.
—Mr. Tulkinghorn —replica Sir Leicester—, no puede haber un asunto menor entre el señor Boythorn y yo. Si voy más allá y observo que no alcanzo a concebir cómo un derecho mío puede ser un asunto menor, no hablo tanto en referencia a mí mismo como individuo cuanto en referencia a la posición de la familia que tengo el encargo de mantener.
Mr. Tulkinghorn vuelve a inclinar la cabeza.
«Ya tengo mis instrucciones —dice—. El señor Boythorn nos va a dar muchos dolores de cabeza...»
—Es propio de una mente así, Mr. Tulkinghorn —le interrumpe Sir Leicester—, causar problemas. Una persona sumamente malintencionada y niveladora. Una persona que, hace cincuenta años, probablemente habría sido juzgada en Old Bailey por algún procedimiento demagógico y castigada severamente, si no —añade Sir Leicester tras una breve pausa—, si no ahorcada, arrastrada y descuartizada.
Sir Leicester parece descargar en su pecho majestuoso un peso al pronunciar esta sentencia capital, como si fuera lo siguiente más satisfactorio a que la sentencia fuera ejecutada.
—Pero se echa la cima la noche —dice él—, y mi señora va a coger frío. Querida, entremos.
Al volverse hacia la puerta del vestíbulo, Lady Dedlock se dirige al señor Tulkinghorn por primera vez.
“Me enviaste un mensaje respecto a la persona por cuya escritura di en preguntar. Fue propio de ti acordarte del detalle; yo lo había olvidado por completo. Tu mensaje me lo ha vuelto a recordar. No alcanzo a imaginar qué asociación tenía yo con una letra así, pero sin duda la tuve”.
—¿Tenía usted algunos? —repite el señor Tulkinghorn.
“¡Oh, sí!”, replica mi Lady con despreocupación. “Creo que debo de haber tenido algo. ¿Y de verdad se tomó la molestia de averiguar quién fue el autor de ese verdadero... cómo se llama... affidávit?”
“Sí.”
“¡Qué extraño!”
Pasan a un sombrío comedor en la planta baja, iluminado durante el día por dos profundos ventanales. Ahora es el crepúsculo.
El fuego brilla con intensidad en la pared revestida de madera y pálidamente en los cristales de las ventanas, donde, a través del frío reflejo de la llamarada, el paisaje más frío se estremece con el viento y una neblina gris se arrastra, la única viajera además del desierto de nubes.
Mi señora descansa reclinada en un gran sillón junto al hogar, y sir Leicester ocupa otro gran sillón enfrente. El abogado está de pie ante el fuego con una mano extendida a la longitud del brazo, protegiéndose la cara. Mira a través de su brazo a mi señora.
—Sí —dice—, pregunté por el hombre y lo encontré. Y, lo que es muy extraño, lo encontré—
—¡Temo no ser una persona fuera de lo común! —anticipa lady Dedlock lánguidamente.
“Lo encontré muerto.”
“¡Dios mío, santo cielo!”, protestó Sir Leicester.
No tanto por el hecho en sí como por el hecho de que se mencionara el hecho.
“Me dirigieron a su alojamiento —un lugar miserable y sumido en la pobreza— y lo encontré muerto”.
—Me disculpará, Mr. Tulkinghorn —observa Sir Leicester—. Creo que cuanto menos se hable...
–Os ruego, sir Leicester, que me dejéis terminar la historia (es mi lady quien habla).–. Es una historia de lo más apropiada para el crepúsculo. ¡Qué cosa más espantosa! ¿Muerto?
Mr. Tulkinghorn reasserts it by another inclination of his head.
“Whether by his own hand—”
—¡Por mi honor! —clama Sir Leicester—. ¡Válgame Dios!
—¡Cuénteme la historia, por favor! —dice mi señora.
—Lo que tú desees, querida. Pero debo decirte...—
«¡No, no debe decirlo! Siga, señor Tulkinghorn».
La galantería de sir Leicester le hace ceder en este punto, aunque sigue pensando que llevar este tipo de miseria a las altas esferas es verdaderamente—verdaderamente—
—Iba a decir —reanuda el abogado con imperturbable calma— que, tanto si se había quitado la vida como si no, estaba fuera de mi alcance poder decírselo. Debería enmendar esa frase, sin embargo, diciendo que sin duda había muerto por su propio acto, aunque si por su deliberada intención o por accidente jamás podrá saberse con certeza. El jurado del juez de instrucción dictaminó que tomó el veneno accidentalmente.
—Y qué clase de hombre —pregunta mi señora—, era esta criatura deplorable?
—Muy difícil de decir —responde el abogado, sacudiendo la cabeza—. Había vivido de un modo tan miserable y estaba tan descuidado, con su color gitano y su salvaje cabello y barba negros, que lo habría considerado el más vulgar de los vulgares. El cirujano tenía la impresión de que una vez había sido alguien mejor, tanto en su aspecto como en su condición.
—¿Cómo llamaban al miserable ser?
“Lo llamaban como él se había llamado a sí mismo, pero nadie sabía su nombre.”
“¿Ni siquiera alguien que lo hubiera atendido?”
“Nadie lo había atendido. Lo encontraron muerto. De hecho, lo encontré yo”.
“¿Sin la menor pista de nada más?”
—Sin ninguno; hubo —dice el abogado meditabundo—, un viejo baúl, pero... No, no había papeles.
Durante la pronunciación de cada palabra de este breve diálogo, Lady Dedlock y el señor Tulkinghorn, sin ninguna otra alteración en su porte habitual, se han mirado con mucha fijeza el uno al otro —como era natural, tal vez, al debatir un asunto tan insólito—. Sir Leicester ha mirado el fuego, con la expresión general del Dedlock de la escalera. Contada ya la historia, reitera su solemne protesta, diciendo que, como está bien claro que ninguna asociación en la mente de mi Lady puede rastrearse jamás hasta este pobre desgraciado (a menos que fuera un pedigüeño profesional), confía en no volver a oír hablar de un tema tan alejado de la posición de mi Lady.
“Desde luego, una colección de horrores —dice mi señora, recogiendo sus mantos y pieles—, ¡pero a una la interesan por el momento! Tenga la amabilidad, M. Tulkinghorn, de abrirme la puerta”.
Mr. Tulkinghorn lo hace con deferencia y se lo tiene abierto mientras ella sale. Ella pasa muy cerca de él, con su habitual aire fatigado e insolente gracia. Vuelven a encontrarse en la cena —de nuevo, al día siguiente—, otra vez, durante muchos días seguidos. Lady Dedlock es siempre la misma deidad extenuada, rodeada de adoradores y terriblemente expuesta a morirse de aburrimiento, incluso mientras preside su propio altar. Mr. Tulkinghorn es siempre el mismo depositario mudo de confidencias nobles, tan extrañamente fuera de lugar y, sin embargo, tan perfectamente en su elemento. Parecen prestarse tan poca atención el uno al otro como cualesquiera dos personas encerradas entre las mismas paredes. Pero si acaso ambos se vigilan y sospechan el uno del otro para siempre, desconfiando siempre de alguna gran reserva; si acaso ambos están siempre pertrechados en todos los flancos frente al otro, y nunca han de ser tomados por sorpresa; lo que cada cual daría por saber cuánto sabe el otro —todo esto permanece oculto, por el momento, en sus propios corazones.