La señora Snagsby lo ve todo
Hay desasosiego en Cook’s Court, Cursitor Street. La negra sospecha se oculta en esa apacible región. La masa de los cortesanos de Cook se encuentra en su estado mental habitual, ni mejor ni peor; pero el señor Snagsby ha cambiado, y su mujercita lo sabe.
Porque Tom-all-Alone’s y Lincoln’s Inn Fields se empeñan en atarse, un par de corceles indomables, al carro de la imaginación del señor Snagsby; y el señor Bucket conduce; y los pasajeros son Jo y el señor Tulkinghorn; y el carruaje entero gira por el negocio de artículos de papelería legal a velocidad desaforada las veint4 horas del día.
Incluso en la pequeña cocina del frente donde se toman las comidas familiares, traquetea a toda marcha desde la mesa, cuando el señor Snagsby se detiene al cortar la primera rebanada de la pierna de cordero asada con patatas y se queda mirando la pared de la cocina.
El señor Snagsby no logra averiguar qué es aquello con lo que ha tenido que ver. Algo va mal en alguna parte, pero qué algo, qué pueda resultar de ello, a quién, cuándo, y desde qué rincón insospechado e inaudito, es el enigma de su vida.
Sus vagas impresiones de las topas y coronas, las estrellas y ligas que centellean a través del polvo superficial del despacho del señor Tulkinghorn; su veneración por los misterios que preside ese mejor y más hermético de sus clientes, a quien todos los Inns of Court, todo Chancery Lane y todo el vecindario legal coinciden en temer; su recuerdo del inspector Mr. Bucket, con su índice y su aire confidencial, imposible de eludir o rechazar, lo persuaden de que es partícipe de algún secreto peligroso sin saber cuál es.
Y es la característica terrorífica de esta situación que, a cualquier hora de su vida cotidiana, a cualquier apertura de la puerta de la tienda, a cualquier tirón del timbre, a cualquier entrada de un mensajero o cualquier entrega de una carta, el secreto pueda tomar aire y fuego, estallar y hacer saltar por los aires a —el señor Bucket es el único que sabe a quién.
Por cuya razón, siempre que un hombre desconocido entra en la tienda (como tantos hombres desconocidos lo hacen) y dice: «¿Está el señor Snagsby?», o palabras de ese inocente tenor, el corazón del señor Snagsby golpea con fuerza contra su pecho culpable.
Sufre tanto con tales preguntas que, cuando se las hacen los muchachos, se venga dándoles golpecitos en las orejas por encima del mostrador y preguntando a esos pequeños bribones qué se traen entre manos y por qué no hablan claro de una vez.
Hombres y muchachos más intratables se empeñan en colarse en los sueños del señor Snagsby y aterrorizarlo con preguntas inexplicables, de modo que a menudo, cuando el gallo de la lechería de Cursitor Street irrumpe de su habitual y absurda manera anunciando la mañana, el señor Snagsby se halla en plena crisis de pesadilla, mientras su mujercita lo sacude y le dice: «¡Qué le pasa a este hombre!».
La pequeña mujer misma no es el menor de sus inconvenientes. Saber que siempre le está guardando un secreto, que en toda circunstancia ha de ocultar y aferrarse a una delicada muela doble que la agudeza de ella siempre está lista para arrancarle de cuajo, le da al señor Snagsby, en su presencia dentística, mucho del aspecto de un perro que le oculta algo a su amo y que mirará a cualquier parte antes que cruzarse con su mirada.
Estos diversos signos y señales, observados por la mujercita, no pasan desapercibidos para ella. La impulsan a decir: «¡Snagsby trae algo en la cabeza!». Y así la sospecha se instala en Cook’s Court, Cursitor Street. De la sospecha a los celos, la señora Snagsby encuentra el camino tan natural y corto como de Cook’s Court a Chancery Lane. Y así los celos se instalan en Cook’s Court, Cursitor Street. Una vez allí (y siempre andaban rondando por los alrededores), se muestran muy activos y ágiles en el pecho de la señora Snagsby, incitándola a revisiones nocturnas de los bolsillos del señor Snagsby; a lecturas secretas de las cartas del señor Snagsby; a búsquedas privadas en el libro diario y en el libro mayor, en la caja del mostrador, en la caja chica y en la caja fuerte; a vigilancias en las ventanas, escuchas detrás de las puertas y a una general combinación de los hechos al revés.
La señora Snagsby está tan perpetuamente en guardia que la casa se vuelve fantasmal con el crujir de las tablas y el susurro de las prendas.
Los aprendices piensan que alguien puede haber sido asesinado allí en tiempos pretéritos.
Guster alberga ciertos átomos sueltos de una idea (recogidos en Tooting, donde fueron hallados flotando entre los huérfanos) de que hay dinero enterrado bajo el sótano, custodiado por un anciano de barba blanca que no puede salir durante siete años mil porque recitó el Padrenuestro al revés.
“¿Quién era Nimrod?”, se pregunta la señora Snagsby una y otra vez. “¿Quién era esa señora, esa criatura? ¿Y quién es ese muchacho?”.
Ahora bien, estando Nimrod tan muerto como el poderoso cazador cuyo nombre la señora Snagsby se ha apropiado, y siendo la señora ilocalizable, ella dirige su ojo mental, por el momento, con redoblada vigilancia hacia el muchacho.
“¿Y quién —profiere la señora Snagsby por milésima primera vez— es ese muchacho? ¿Quién es ese…!”.
Y en ese instante a la señora Snagsby le sobreviene una inspiración.
No tiene ningún respeto por el señor Chadband. No, sin duda, y no lo tendría, por supuesto. Naturalmente que no lo tendría, en esas circunstancias contagiosas. ¡Fue invitado y convocado por el señor Chadband —vaya, la señora Snagsby lo oyó con sus propios oídos!— para volver, y que le dijeran a dónde tenía que ir, para ser dirigido por el señor Chadband; ¡y nunca vino! ¿Por qué nunca vino? Porque le dijeron que no viniera. ¿Quién le dijo que no viniera? ¿Quién? ¡Ja, ja! La señora Snagsby lo ve todo.
Pero felizmente (y la señora Snagsby niega con la cabeza rígidamente y sonríe con rigidez) ese muchacho fue encontrado ayer por el señor Chadband en las calles; y ese muchacho, por ser un tema que el señor Chadband desea aprovechar para el deleite espiritual de una selecta congregación, fue capturado por el señor Chadband y amenazado con ser entregado a la policía a menos que le mostrara al reverendo caballero dónde vivía y a menos que contrajera y cumpliera el compromiso de presentarse en Cook’s Court mañana por la noche, «ma—ña—na por la no—che», repite la señora Snagsby meramente para dar énfasis con otra sonrisa rígida y otra negación rígida con la cabeza; y mañana por la noche ese muchacho estará aquí, y mañana por la noche la señora Snagsby tendrá los ojos puestos en él y en alguien más; y ¡oh!, podréis andar durante mucho tiempo por vuestros caminos secretos (dice la señora Snagsby con altivez y desprecio), ¡pero a mí no podéis engañarme!
La señora Snagsby no toca ningún adufe a los oídos de nadie, sino que mantiene su propósito en silencio y guarda su secreto. Llega el mañana, llegan los sabrosos preparativos para el Gremio Aceitero, llega la noche.
Llega el señor Snagsby con su casaca negra; llegan los Chadband; llegan (cuando la nave tragona está repleta) los aprendices y Guster, para ser edificados; llega por fin, con la cabeza gacha, y su arrastrar de pies hacia atrás, y su arrastrar de pies hacia adelante, y su arrastrar de pies a la derecha, y su arrastrar de pies a la izquierda, y su gorrito de piel en la mano embarrada, que despeluja como si fuera algún pájaro sarnoso que hubiera atrapado y estuviera desplumando antes de comérselo crudo, Jo, el durísimo, durísimo caso que el señor Chadband ha de moralizar.
La señora Snagsby clava una mirada vigilante en Jo mientras este es conducido a la pequeña salita por Guster.
Él mira al señor Snagsby en cuanto entra. ¡Ajá! ¿Por qué mira al señor Snagsby? El señor Snagsby lo mira a él. ¿Por qué iba a hacer tal cosa, sino porque la señora Snagsby lo ve todo? ¿Por qué otra razón iba a cruzarse esa mirada entre ellos, por qué otro motivo iba a turbarse el señor Snagsby y a toser con una tos disimulada tras su mano? Es más claro que el agua que el señor Snagsby es el padre de ese muchacho.
“Paz, amigos míos”, dice Chadband, levantándose y enjugándose las exudaciones oleosas de su reverendo rostro.
“¡La paz sea con nosotros! Mis amigos, ¿por qué con nosotros? Porque”, con su sonrisa engreída, “no puede ser contra nosotros, porque debe ser para nosotros; porque no endurece, sino que ablanda; porque no hace la guerra como el halcón, sino que vuelve a nuestro hogar como la paloma. Por tanto, amigos míos, ¡la paz sea con nosotros! ¡Muchacho humano, acércate!”
Estirando su blanda zarpa, el señor Chadband la coloca sobre el brazo de Jo y reflexiona sobre dónde ubicarlo. Jo, muy desconfiado de las intenciones de su reverendo amigo y temiendo fundadamente que vayan a aplicarle algo práctico y doloroso, masculla: —Déjeme en paz. Yo nunca le dije nada. Déjeme en paz.
—No, mi joven amigo —dice Chadband con suavidad—, no te dejaré en paz. ¿Y por qué? Porque soy un obrero de la mies, porque soy un sufridor y un esforzado, porque has sido entregado a mí y te has convertido en un precioso instrumento en mis manos.
Amigos míos, ¡pueda yo emplear de tal modo este instrumento que lo use en vuestra ventaja, en vuestro provecho, en vuestra ganancia, en vuestro bienestar, en vuestro enriquecimiento!
Mi joven amigo, siéntate en este taburete.
Jo, aparentemente obsesionado por la impresión de que el reverendo caballero quiere cortarle el pelo, se protege la cabeza con ambos brazos y es colocado en la postura requerida con gran dificultad y toda manifestación posible de reticencia.
Cuando por fin lo han colocado como a un maniquí, el señor Chadband, retirándose detrás de la mesa, levanta su zarpa de oso y dice: «¡Mis amigos!».
Esta es la señal para acomodarse en general por parte del auditorio. Los aprendices se ríen disimuladamente y se dan codazos. Guster cae en un estado de estupor y vacío mental, compuesto por una admiración atónita hacia el señor Chadband y por lástima hacia la desamparada marginada cuya condición la toca de cerca.
La señora Snagsby prepara en silencio mechas de pólvora. La señora Chadband se acomoda con severidad junto al fuego y se calienta las rodillas, hallando esa sensación propicia para la recepción de la elocuencia.
Ocurre que el señor Chadband tiene la costumbre clerical de fijar los ojos en algún miembro de su congregación y argumentar untuosamente sus puntos con esa persona en particular, de quien se entiende que se espera que sea movida a emitir algún gruñido, gemido, suspiro u otra expresión audible de agitación interior ocasional, expresión de agitación interior que, al ser secundada por alguna anciana en el banco contiguo y comunicada así como en un juego de prendas a través de un círculo de los pecadores más fermentables presentes, cumple el propósito de las aclamaciones parlamentarias y enciende los ánimos del señor Chadband.
Por pura fuerza de costumbre, el señor Chadband, al decir «¡Mis amigos!», ha posado su mirada en el señor Snagsby y procede a convertir a ese desventurado librero, ya de por sí bastante confuso, en el destinatario inmediato de su discurso.
—Tenemos aquí entre nosotros, amigos míos —dice Chadband—, a un gentil y a un pagano, a un habitante de las tiendas de Tom-all-Alone’s y a un errante sobre la superficie de la tierra. Tenemos aquí entre nosotros, amigos míos —y el señor Chadband, desatando el nudo con su sucia uña, dedica una sonrisa untuosa al señor Snagsby, dando a entender que pronto le aplicará una llave dialéctica si es que no está ya en la lona—, a un hermano y a un muchacho. Desprovisto de padres, desprovisto de parientes, desprovisto de rebaños y manadas, desprovisto de oro y plata y de piedras preciosas. Ahora bien, amigos míos, ¿por qué digo que está desprovisto de estas posesiones? ¿Por qué? ¿Por qué lo está?
El señor Chadband plantea la cuestión como si estuviera proponiendo una adivinanza completamente nueva, de gran ingenio y mérito, al señor Snagsby, rogándole que no se rinda.
Mr. Snagsby, greatly perplexed by the mysterious look he received just now from his little woman—at about the period when Mr. Chadband mentioned the word parents—is tempted into modestly remarking, “I don’t know, I’m sure, sir.” On which interruption Mrs. Chadband glares and Mrs. Snagsby says, “For shame!”
—Oigo una voz —dice Chadband—; ¿es una voz tenue y apacible, amigos míos? Me temo que no, aunque bien quisiera abrigar esa esperanza—
—¡Ah... aah! —exclama la señora Snagsby.
«Que dice: “No lo sé”. Entonces os diré por qué. Digo que este hermano presente entre nosotros carece de padres, carece de parientes, carece de rebaños y manadas, carece de oro, de plata y de piedras preciosas porque carece de la luz que brilla e ilumina a algunos de nosotros. ¿Qué es esa luz? ¿Qué es? Os pregunto, ¿qué es esa luz?».
El señor Chadband echa la cabeza hacia atrás y se detiene, pero al señor Snagsby no se le vuelve a tender una trampa para su destrucción. El señor Chadband, inclinándose hacia adelante sobre la mesa, clava lo que ha de continuar directamente en el señor Snagsby con la uña del pulgar ya mencionada.
—Es —dice Chadband—, el rayo de los rayos, el sol de los soles, la luna de las lunas, la estrella de las estrellas. Es la luz de la Verdá.
El señor Chadband se yergue de nuevo y mira triunfante al señor Snagsby, como si le alegraría saber cómo se siente después de eso.
«De la Berdad», dice el señor Chadband, golpeándolo de nuevo. «No me digáis que no es la lámpara de las lámparas. Os digo que lo es. Os digo, un millón de veces, que lo es. ¡Lo es! Os digo que os la proclamaré, os guste o no; es más, cuanto menos os guste, más os la proclamaré. ¡Con un megáfono! Os digo que si os alzáis contra ella, caeréis, seréis magullados, seréis apaleados, seréis agrietados, seréis aplastados».
El efecto actual de este vuelo oratorio —muy admirado por su potencia general por los seguidores del señor Chadband—, consistente no solo en hacer que el señor Chadband entre en un calor desagradable, sino en presentar al inocente señor Snagsby como un enemigo acérrimo de la virtud, con frente de bronce y corazón de diamante, deja a ese desafortunado comerciante aún más desconcertado y en un estado muy avanzado de abatimiento y falsa posición cuando el señor Chadband lo remata por casualidad.
“Mis amigos —continúa después de secarse la gorda cabeza durante un buen rato, y esta echa tanto humo que parece encender con ella su pañuelo de bolsillo, el cual echa humo también después de cada pasada—, para proseguir con el tema que nos esforzamos con nuestros humildes dones en enmendar, indaguemos en espíritu de amor qué es esa Ver-dá a la que he aludido. Pues, mis jóvenes amigos —dirigiéndose de repente a los aprendices y a Guster, para consternación de estos—, si el médico me dice que el calomelano o el aceite de ricino son buenos para mí, puedo preguntar naturalmente qué es el calomelano y qué es el aceite de ricino. Puedo desear que se me informe de eso antes de medicarme con uno o con ambos. Ahora bien, mis jóvenes amigos, ¿qué es entonces esta Ver-dá? Primeramente (en espíritu de amor), ¿cuál es la clase corriente de Ver-dá, la de faena, la de todos los días, mis jóvenes amigos? ¿Es el engaño?”.
—¡Ah... aah! —exclama la señora Snagsby.
«¿Es represión?»
Un estremecimiento en negativo por parte de la señora Snagsby.
“¿Es reserva?”
Un movimiento de cabeza por parte de la señora Snagsby: muy largo y muy tenso.
—No, mis amigos, no es ninguna de estas. Ninguno de estos nombres le pertenece.
Cuando este joven pagano que hoy se encuentra entre nosotros —que ahora, mis amigos, duerme, con el sello de la indiferencia y la perdición impreso en sus párpados; pero no lo despertéis, porque es justo que yo tenga que luchar, y combatir y batallar, y vencer, por su bien—, cuando este joven pagano empedernido nos contó una historia de un gallo, y de un toro, y de una dama, y de un soberano, ¿era esa la Ver-dá?
No.
O si lo era en parte, ¿lo era entera y completamente?
¡No, mis amigos, no!
Si el señor Snagsby pudiera resistir la mirada de su mujercita cuando entra por sus ojos, las ventanas de su alma, y registra todo el edificio, sería otro hombre muy distinto del que es. Se encoge y se abate.
—O bien, mis jóvenes amigos —dice Chadband, descendiendo al nivel de su comprensión con una demostración muy obvia, en su sonrisa grasientamente mansa, de haber bajado una gran escalinata para lograrlo—, si el amo de esta casa saliera a la ciudad y viera allí una anguila, y volviera, y llamara a la ama de esta casa, y le dijese: “¡Sara, regocíjate conmigo, porque he visto un elefante!”, ¿sería eso la Verdá?
La señora Snagsby entre lágrimas.
—O ponedlo, mis jóvenes amigos, en que vio un elefante, y al volver dijo: «He aquí que la ciudad es estéril, solo he visto una anguila», ¿sería eso la Terverdad?
La señora Snagsby sollozando ruidosamente.
“O bien planteadlo, mis jóvenes amigos —dijo Chadband, estimulado por el sonido—, que los padres innaturales de este pagano durmiente —pues padres tuvo, mis jóvenes amigos, fuera de toda duda—, tras arrojarlo a los lobos y a los buitres, y a los perros salvajes y a las gacelas jóvenes, y a las serpientes, regresaron a sus moradas y tomaron sus pipas, y sus jarras, y sus flautdeos y sus danzas, y sus bebidas de malta, y su carne de carnicero y sus aves, ¿sería eso la Verdaz?”
La señora Snagsby responde entregándose a sí misma como presa de los espasmos, no una presa dócil, sino llorosa y desgarradora, de modo que el Tribunal de Cook resuena con sus gritos.
Finalmente, al volverse cataléptica, tienen que subirla por la estrecha escalera como si fuera un piano de cola.
Tras un sufrimiento indecible, que produce la mayor consternación, se la declara, según partes enviados desde el dormitorio, libre de dolor, aunque muy agotada; en cuyo estado de cosas el señor Snagsby, pisoteado y machacado durante la mudanza del pianoforte, y sumamente tímido y débil, se arriesga a salir de detrás de la puerta del salón.
Todo este tiempo Jo ha estado de pie en el lugar donde se despertó, deshilachándose la gorra sin parar y metiéndose pedacitos de piel en la boca.
Los escupe con aire arrepentido, pues siente que está en su naturaleza ser un réprobo incorregible y que no sirve de nada que intente mantenerse despierto, porque jamás llegará a saber nada de nada.
Aunque puede ser, Jo, que haya una historia tan interesante y conmovedora, incluso para mentes tan cercanas a las bestias como la tuya, que relate hechos realizados en esta tierra por hombres comunes, que si los Chadband, apartando sus propias personas de la luz, te la mostraran con sencilla reverencia, si tan solo la dejaran sin enmienda, si tan solo la consideraran lo bastante elocuente sin su modesta ayuda, ¡podría mantenerte despierto y aún podrías aprender algo de ella!
Jo jamás ha oído hablar de semejante libro. Sus recopiladores y el reverendo Chadband son para él exactamente lo mismo, salvo que conoce al reverendo Chadband y prefiere huir de él durante una hora antes que oírle hablar durante cinco minutos.
«No sirve de nada que siga esperando aquí más tiempo», piensa Jo. «El señor Snagsby no va a decirme nada esta noche».
Y baja arrastrando los pies.
Pero abajo está la caritativa Guster, que se agarra a la barandilla de la escalera de la cocina y combate un ataque, todavía de forma dudosa, provocado por los gritos de la señora Snagsby. Tiene su propia cena de pan y queso para dársela a Jo, con quien se atreve a intercambiar un par de palabras por primera vez.
«Aquí tienes algo de comer, pobre muchacho», dice Guster.
—Gracias, señora —dice Jo.
“¿Tienes hambre?”
—¡Justo! —dice Jo.
“¿Qué ha sido de tu padre y de tu madre, eh?”
Jo se detiene a mitad del bocado y se queda petrificado. Pues este huérfano a cargo del santo cristiano cuyo santuario estaba en Tooting le ha dado una palmada en el hombro, y es la primera vez en su vida que una mano decente se posa de tal modo sobre él.
—Yo nunca sé ná de ellos —dice Jo.
—¡Ni yo tampoco de los míos! —grita Guster. Está reprimiendo síntomas favorables al ataque cuando parece asustarse por algo y desaparece escaleras abajo.
“Jo”, susurra suavemente el copista de la ley mientras el muchacho se detiene en el escalón.
—¡Aquí estoy, señor Snagsby!
“No sabía que te habías ido; aquí tienes otra media corona, Jo. Hiciste muy bien en no decir nada de la dama la otra noche cuando salimos juntos. Eso traería problemas. Nunca se es demasiado prudente, Jo”.
“¡Soy mosca, amo!”
Y así, buenas noches.
Una sombra fantasmal, con gorguera y cofia de dormir, sigue al copista de documentos hasta la habitación de donde vino y se desliza más arriba.
Y de ahí en adelante empieza, vaya donde vaya, a ser atendido por otra sombra distinta a la suya, casi tan constante como la suya, casi tan callada como la suya.
Y a cualquier atmósfera de secreto que su propia sombra penetre, ¡que se cuiden todos los implicados en el secreto! Porque la vigilante señora Snagsby también está allí—hueso de su hueso, carne de su carne, sombra de su sombra.