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XVI. Tom-All-Alone’s

Tom-All-Alone’s

Mi Lady Dedlock está inquieta, muy inquieta. La atónita crónica de la alta sociedad apenas sabe dónde ubicarla. Hoy está en Chesney Wold; ayer estuvo en su casa de la ciudad; mañana puede estar en el extranjero, por lo que la crónica de la alta sociedad puede predecir con confianza. Incluso la galantería de sir Leicester tiene ciertos problemas para seguirle el ritmo. Los tendría mayores si su otra fiel aliada, en las duras y en las maduras⁠—la gota⁠—, no se lanzara a la antigua habitación de roble en Chesney Wold y le agarrara de ambas piernas.

Sir Leicester recibe la gota como un demonio molesto, pero aun así, un demonio de la estirpe patricia. Todos los Dedlock, en línea masculina directa, a través de un transcurso de tiempo durante el cual y más allá del cual la memoria del hombre no alcanza a recordar lo contrario, han padecido la gota. Puede demostrarse, señor.

Los padres de otros hombres tal vez hayan muerto de reumatismo o tal vez hayan contraído una base contagiosa de la sangre mancillada del vulgo enfermizo, pero la familia Dedlock le ha comunicado algo exclusivo incluso al proceso nivelador de la muerte al morir de su propia gota familiar. Ha descendido por la ilustre estirpe como la vajilla de plata, los cuadros o la propiedad de Lincolnshire. Está entre sus dignidades.

Sir Leicester tal vez no carezca por completo de la impresión, aunque nunca la haya formulado con palabras, de que el ángel de la muerte, en el desempeño de sus deberes necesarios, tal vez observe ante las sombras de la aristocracia: «Mis señores y caballeros, tengo el honor de presentarles a otro Dedlock certificado como llegado por vía de la gota familiar».

Por tanto, sir Leicester cede sus piernas aristocráticas al trastorno aristocrático como si poseyera su nombre y su fortuna bajo ese régimen feudal. Siente que el hecho de que un Dedlock sea postrado de espaldas, retorcido espasmódicamente y acuchillado en sus extremidades es una intromisión intolerable cometida en alguna parte, pero piensa:

«Todos nos hemos rendido a esto; nos pertenece; desde hace varios cientos de años se ha entendido que no debemos hacer que las criptas del parque resulten interesantes en términos más ignobles, y me someto a la transacción».

Y bien hermoso aspecto presenta, tendido en un derroche de carmesí y oro en medio del gran salón, ante su cuadro favorito de mi señora, mientras anchas franjas de luz solar penetran, a lo largo de la larga perspectiva, por la larga hilera de ventanas, alternándose con suaves relieves de sombra.

Afuera, los majestuosos robles, arraigados desde hace siglos en la verde tierra que jamás ha conocido la reja del arado, sino que era aún un coto de caza cuando los reyes cabalgaban a la batalla con espada y escudo, e iban de montería con arco y flecha, dan testimonio de su grandeza.

Adentro, sus antepasados, contemplándolo desde las paredes, dicen: «Cada uno de nosotros fue aquí una efímera realidad y dejó esta sombra coloreada de sí mismo y se fundió en un recuerdo tan soñador como las lejanas voces de las grajas que ahora te arrullan para hacerte dormir», y dan también testimonio de su grandeza.

Y muy grande es él en este día. ¡Y ay de Boythorn u otro osado mortal que con presunción le dispute una sola pulgada!

Mi Lady está representada actualmente, cerca de sir Leicester, por su retrato.

Ha volado a la capital, sin intención de quedarse allí, y pronto volverá volando hacia aquí, para confusión de las gacetillas de moda.

La casa de la ciudad no está preparada para recibirla. Está amortajada y desolada.

Tan solo un Mercurio empolvado bosteza desconsolado en la ventana del vestíbulo; y le comentó anoche a otro Mercurio de su conocimiento, también acostumbrado a la buena sociedad, que si aquella clase de situación iba a durar —lo cual no podía ser, pues un hombre de su vitalidad no podía soportarlo, y de un hombre de su planta no cabía esperarse que lo soportara—, ¡no le quedaría más recurso, bajo su palabra de honor, que cortarse el cuello!

¿Qué conexión puede haber entre el lugar en Lincolnshire, la casa en la ciudad, el Mercurio empolvado y el paradero de Jo, el forajido de la escoba, sobre quien recaía aquel rayo de luz distante cuando barría el escalón del cementerio?

¡Qué conexión puede haber habido entre muchas personas en las innumerables historias de este mundo que, desde lados opuestos de grandes abismos, se han visto, sin embargo, extrañamente reunidas!

Jo barre su cruce todo el día, ajeno al eslabón, si es que hay algún eslabón. Resume su estado mental cuando le hacen una pregunta respondiendo que «no sabe na de na».

Sabe que es difícil mantener el barro alejado del cruce cuando hace mal tiempo, y más difícil aún ganarse la vida haciéndolo. Nadie le enseñó ni tanto así; lo descubrió por sí mismo.

Jo vive⁠—es decir, Jo aún no ha muerto⁠—en un paraje ruinoso conocido por los de su ralea con el nombre de Tom-all-Alone’s. Es una calle negra y achacosa, rehuida por toda la gente decente, cuyas casas desvencijadas fueron tomadas, cuando su decadencia estaba ya muy avanzada, por unos audaces vagabundos que, tras afianzar su posesión, se dedicaron a alquilarlas por habitaciones. Pues bien, estos destartalados caserones albergan, por la noche, un enjambre de miseria. Del mismo modo que en el mísero despojo humano aparecen parásitos alimañeros, estos refugios en ruinas han criado una multitud de existencia inmunda que entra y sale a gatas por las grietas de los muros y las tablas; y se ovilla para dormir, en números de gusanos, allí donde gotea la lluvia; y va y viene, trayendo y llevando la fiebre y sembrando más mal en cada una de sus huellas de lo que Lord Coodle, y Sir Thomas Doodle, y el Duque de Foodle, y todos los finos caballeros en el poder, hasta llegar a Zoodle, podrán enmendar en quinientos años⁠—a pesar de haber nacido expresamente para hacerlo.

Dos veces últimamente ha habido un estruendo y una nube de polvo, como la explosión de una mina, en Tom-all-Alone’s; y cada vez se ha venido abajo una casa.

Estos accidentes han ocupado un suelto en los periódicos y han llenado un par de camas en el hospital más cercano.

Los huecos siguen ahí, y no faltan alojamientos populares entre los escombros. Como hay varias casas más a punto de venirse abajo, cabe esperar que el próximo estruendo en Tom-all-Alone’s sea monumental.

Esta apetecible propiedad está en la Cancillería, por supuesto. Sería un insulto a la perspicacia de cualquier hombre con medio ojo decírselo.

Si «Tom» es el representante popular del demandante o demandado original en Jarndyce y Jarndyce; o si Tom vivía aquí cuando el pleito había dejado la calle desierta, completamente solo, hasta que otros colonos llegaron a unirse a él; o si el título tradicional es un nombre genérico para un refugio apartado de la buena compañía y excluido de los límites de la esperanza; tal vez nadie lo sepa.

Ciertamente Jo no lo sabe.

“Pues yo no sé —dice Jo—, no sé ”.

¡Debilidad extraña debe de ser la de estar en el lugar de Jo! ¡Vagar por las calles, sin conocer las formas ni tener la menor idea del significado de esos misteriosos símbolos que tan abundantes resultan en las tiendas, en las esquinas, en las puertas y en las ventanas! ¡Ver a la gente leer, y ver a la gente escribir, y ver a los carteros entregar cartas, y no tener la más mínima noción de todo ese lenguaje; estar, ante cada fragmento de él, totalmente ciego y mudo!

Debe de ser muy desconcertante ver a la buena compañía ir a las iglesias los domingos, con sus libros en las manos, y pensar (porque tal vez Jo sí piense de vez en cuando) qué significa todo eso, y si significa algo para alguien, ¿cómo se explica que para mí no signifique nada?

Verse empujado, zarandeado y obligado a circular; y sentir en verdad que parecería ser perfectamente cierto que no tengo asuntos que tratar aquí, ni allí, ni en ninguna parte; y, sin embargo, sentirse perplejo ante la consideración de que, de algún modo, ¡también estoy aquí, y que todo el mundo me pasó por alto hasta que me convertí en la criatura que soy!

Debe ser un estado extraño, no simplemente que a uno le digan que apenas es humano (como en el caso de presentarme como testigo), ¡sino sentirlo por conocimiento propio durante toda la vida!

¡Ver pasar junto a mí a los caballos, los perros y el ganado, y saber que por ignorancia pertenezco a ellos y no a los seres superiores de mi misma forma, cuya delicadeza ofendo!

¡Qué extrañas debían de ser las ideas de Jo sobre un juicio penal, o un juez, o un obispo, o un gobierno, o sobre esa joya inestimable para él (si tan solo lo supiera) que es la Constitución! Toda su vida material e inmaterial es maravillosamente extraña; su muerte, la más extraña de todas.

Jo sale de Tom-all-Alone’s, al encuentro de la tardía mañana que siempre llega tarde por allí, y va masticando su mugriento trozo de pan mientras camina. Como su camino atraviesa muchas calles y las casas aún no están abiertas, se sienta a desayunar en el umbral de la Sociedad para la Propagación del Evangelio en Partes Extranjeras y le da un escobazo cuando termina, en agradecimiento por el alojamiento.

Admira el tamaño del edificio y se pregunta de qué tratará todo aquello. No tiene la menor idea, el pobre desgraciado, de la indigencia espiritual de un arrecife de coral en el Pacífico ni de lo que cuesta ir en busca de las almas preciosas entre los cocos y los frutos del pan.

Él va a su cruce y empieza a prepararlo para el día.

El pueblo se despierta; la gran pirinola se pone en marcha para su giro y remolino diarios; toda esa inescrutable lectura y escritura, que había estado suspendida durante unas horas, recomienza.

Jo y los otros animales inferiores se arreglan en el embrollo inescrutable como pueden.

Es día de mercado.

Los bueyes cegados, aguijoneados en exceso, conducidos en exceso, jamás guiados, se meten por lugares equivocados y son apaleados para que salgan, y se precipitan con los ojos rojos y espuma contra los muros de piedra, y a menudo hieren gravemente a los inocentes, y a menudo se hieren gravemente a sí mismos.

¡Muy parecido a Jo y a su clase; muy, muy parecido!

Una banda de música se acerca y toca. Jo la escucha. También un perro, el perro de un boyero, que espera a su amo frente a una carnicería y que evidentemente piensa en aquellas ovejas que lo han tenido ocupado durante algunas horas y de las que ya se ha librado felizmente. Parece perplejo respecto a tres o cuatro, no recuerda dónde las dejó, mira arriba y abajo por la calle como si medio esperara verlas descarriadas, de repente endereza las orejas y se acuerda de todo. Un perro totalmente vagabundo, acostumbrado a la mala vida y a las tabernas; un perro temible para las ovejas, dispuesto al menor silbazo a corretear sobre sus lomos y arrancarles mechones de lana; pero un perro educado, mejorado, desarrollado, al que se le han enseñado sus deberes y sabe cómo cumplirlos. Él y Jo escuchan la música, probablemente con más o menos el mismo grado de satisfacción animal; asimismo, en cuanto a asociación despertada, aspiración o arrepentimiento, referencia melancólica o alegre a cosas más allá de los sentidos, probablemente estén a la par. Pero, por lo demás, ¡cuánto está por encima el bruto del oyente humano!

Haz que los descendientes de ese perro se vuelvan salvajes, como Jo, y en muy pocos años se degenerarán tanto que perderán incluso el ladrido, pero no la mordedura.

El día cambia a medida que se agota y se vuelve oscuro y lloviznoso.

Jo se abre paso como puede en su cruce entre el fango y las ruedas, los caballos, los látigos y los paraguas, y apenas consigue una mísera suma para pagar el repugnante cobijo de Tom-all-Alone’s.

Llega el crepúsculo; el gas empieza a encenderse en las tiendas; el farolero, con su escalera, corre por el borde de la acera.

Una tarde miserable empieza a cerrarse.

En sus aposentos, el señor Tulkinghorn medita solicitar mañana por una mañana ante el magistrado más cercano una orden de arresto.

Gridley, un litigante frustrado, ha estado hoy aquí y se ha mostrado alarmante. No vamos a permitir que se nos atemorice físicamente, y ese sujeto malcarado volverá a ser obligado a prestar fianza.

Desde el techo, una Alegoría en perspectiva, en la persona de un romano imposible cabeza abajo, señala ostensiblemente con el brazo de Sansón (desencajado y de aspecto extraño) hacia la ventana.

¿Por qué habría de mirar el señor Tulkinghorn por la ventana, sin motivo alguno? ¿Acaso la mano no está señalando siempre hacia allí? Así que no mira por la ventana.

Y si lo hacía, ¿qué significaba ver pasar a una mujer? Mujeres hay de sobra en el mundo, piensa el señor Tulkinghorn; demasiadas; son la causa última de todo lo que sale mal en él, aunque, a decir verdad, le generan trabajo a los abogados. ¿Qué significaba ver pasar a una mujer, aun cuando pasara en secreto? Todas son secretas. El señor Tulkinghorn lo sabe muy bien.

Pero no son todas como la mujer que ahora lo deja a él y a su casa atrás, entre cuyo vestido sencillo y sus modales refinados hay algo sumamente incongruente.

Por su atuendo debería ser una criada principal, pero en su aire y su paso —aunque ambos son apresurados y fingidos, tanto como puede fingir en las calles embarradas, que recorre con pie inexperto— es una dama.

Lleva el rostro velado, y aun así se delata lo suficiente como para hacer que más de uno de los que pasan junto a ella se vuelva a mirarla fijamente.

Ella nunca vuelve la cabeza. Dama o criada, tiene un propósito en su interior y sabe seguirlo. Nunca vuelve la cabeza hasta que llega al cruce donde Jo trabaja con su escoba. Él cruza con ella y le implora. Aun así, ella no vuelve la cabeza hasta que ha desembarcado al otro lado. Entonces le hace una ligera seña y le dice: «¡Ven aquí!».

Jo la sigue uno o dos pasos hacia un patio tranquilo.

—¿Eres el muchacho del que he leído en los periódicos? —preguntó detrás de su velo.

—No sé —dice Jo, mirando con mal humor el velo—, no sé ná de los papeles. No sé ná de ná de ná.

“¿Fue usted interrogado en una investigación judicial?”

“Yo no sé de ninún... ¿dónde me llevó el bedel, es a eso a lo que se refiere?”, dice Jo. “¿Se llamaba Jo el muchacho de la inquirición?”.

“Sí.”

—¡Ese soy yo! —dice Jo.

“Sube más arriba”.

—¿Te refieres al hombre? —dice Jo, siguiéndolo—. ¿El que se había muerto?

«¡Silencia! ¡Habla en un susurro! Sí. ¿Tenía un aspecto tan sumamente enfermo y pobre cuando vivía?»

—¡Ay, jis! —dice Jo.

“¿Se parecía —no a ti?—”, dice la mujer con repugnancia.

—Oh, no tanto como yo —dice Jo—. ¡Soy de los buenos, eso soy! No lo conocías, ¿verdad?

“¿Cómo te atreves a preguntarme si lo conocía?”

—Sin ánimo de ofender, mi señora —dice Jo con mucha humildad, pues incluso él ha intuido la sospecha de que ella es una dama.

“No soy una dama. Soy una criada”.

—¡Eres un criado de lo más alegre! —dice Jo sin la menor intención de decir nada ofensivo, meramente como un tributo de admiración.

—Escucha y calla. ¡No me hables y aléjate más de mí!

¿Puedes mostrarme todos esos lugares de los que se habló en el relato que leí?

  • El lugar para el que escribió,
  • el lugar en el que murió,
  • el lugar al que fuiste llevado,
  • ¿y el lugar donde fue enterrado?

¿Conoces el lugar donde fue enterrado?

Jo responde con un asentimiento, habiendo asentido también cuando se mencionó cada uno de los otros lugares.

“Adelántate y muéstrame todos esos lugares espantosos. Detente frente a cada uno y no me hables a menos que yo te hable. No mires atrás. Haz lo que quiero y te pagaré bien”.

Jo presta mucha atención mientras se pronuncian las palabras; las va marcando en el mango de su escoba, encontrándolas bastante difíciles; se detiene a considerar su significado; lo juzga satisfactorio; y asiente con su cabeza desaliñada.

«Estoy volando», dice Jo. «Pero ojo con las bromas, ¿sabes? ¡Nada de escapar!».

—¿Qué quiere decir la horrible criatura? —exclama el criado, retrocediendo despavorido ante él.

—¡Deja de cortar el rollo, ya sabes! —dice Jo.

“No te entiendo. ¡Sigue adelante! Te daré más dinero del que has tenido en toda tu vida”.

Jo frunce los labios en un silbido, se frota la desgreñada cabeza, se pone la escoba bajo el brazo y abre el paso, avanzando con destreza con los pies descalzos sobre las duras piedras y a través del fango y el lodo.

Tribunal de Cook. Jo se detiene. Una pausa.

«¿Quién vive aquí?»

—El que le dio la escritura y me dio medio duro —dice Jo en un susurro, sin mirar por encima del hombro.

«Pase al siguiente».

La casa de Krook. Jo se vuelve a detener. Una pausa más larga.

«¿Quién vive aquí?»

“Aquí vivió”, responde Jo como antes.

Tras un silencio, le preguntan: «¿En qué habitación?».

“En la trastienda de ahí arriba. Se ve la ventana desde esta esquina. ¡Allí arriba! Ahí es donde lo veo estirado. Este es el pub al que me llevaron”.

“¡Pase al siguiente!”

Es un paseo más largo hasta la siguiente, pero Jo, libre de sus primeras sospechas, se atiene a las formas que se le imponen y no mira atrás.

Por muchos caminos tortuosos, pestilentes a ofensa de toda clase, llegan al callejón en forma de pequeño túnel, y a la farola (encendida ya), y a la verja de hierro.

“Lo pusieron ahí —dice Jo, aferrándose a los barrotes y mirando hacia adentro—”.

“¿Dónde? ¡Oh, qué escena de horror!”

“¡Ahí!”, dice Jo, señalando.

“Más pa’llá. ¡Entre esos montones de huesos, y cerquita de esa ventanita de la cocina! Lo pusieron bien cerquita de lo alto. Tuvieron que pisotearlo para que entrara. Podría destapárselo con mi escoba si la verja estuviera abierta. Por eso la cierran con llave, supongo”, dice, sacudiéndola. “Siempre está cerrada. ¡Mire la rata!”, grita Jo, entusiasmado. “¡Eh! ¡Mire! ¡Ahí va! ¡Oj! ¡Dentro de la tierra!”

La sirvienta se encoge en un rincón, en un rincón de aquel espantoso soportal, con sus manchas mortales contaminando su vestido; y extendiendo ambas manos y diciéndole apasionadamente que se aparte de ella, pues él le resulta repugnante, así permanece durante unos instantes.

Jo se queda mirándome fijamente y sigue mirando cuando ella se recupera.

¿Es este lugar de abominación suelo consagrado?

—Yo no sé nada de terreno consecuencial —dice Jo, sin dejar de mirar.

«¿Está bendito?»

—¿Cuál? —dice Jo, sumamente asombrado.

«¿Está bendito?»

—Me condené si lo sé —dice Jo, abriendo los ojos más que nunca—; pero no creería que no fuera. ¿Condenado? —repite Jo, con algo de inquietud en la cabeza—. Tampoco es que le haya sentado muy bien, si es eso. ¿Condenado? Yo diría que es lo contrario, por mí mismo. ¡Pero no sé nada!

El criado hace tanto caso de lo que él dice como ella parece hacer de lo que acaba de decir.

Se quita el guante para sacar algo de dinero de su monedero. Jo observa en silencio lo blanca y pequeña que es su mano y lo alegre que debe de ser una criada para llevar anillos tan brillantes.

Ella deja caer una moneda en su mano sin tocarla, y se estremece al acercarse las manos.

«¡Ahora —añade—, enséñame el lugar otra vez!».

Jo empuja el mango de su escoba entre los barrotes de la verja y, con el mayor esfuerzo de descripción de que es capaz, se lo señala. Al fin, mirando a un lado para ver si se ha hecho entender, descubre que está solo.

Su primer procedimiento es acercar la moneda a la luz del gas y quedar abrumado al descubrir que es amarilla: oro.

El segundo es darle un mordisco sesgado en el borde como prueba de su calidad.

El tercero, ponérsela en la boca para guardarla y barrer el escalón y el pasillo con sumo cuidado.

Terminado su trabajo, emprende el camino hacia Tom-all-Alone’s, deteniéndose a la luz de innumerables farolas para sacar la pieza de oro y volver a darle un mordisco sesgado como garantía de que es auténtica.

El Mercurio en polvo no carece de compañía esta noche, pues mi Señora va a una gran cena y a tres o cuatro bailes.

Sir Leicester está inquieto allá abajo, en Chesney Wold, sin mejor compañía que la gota; se queja a la señora Rouncewell de que la lluvia produce un repiqueteo tan monótono en la terraza que ni siquiera junto a la chimenea, en su acogedor vestidor, puede leer el periódico.

—Sir Leicester habría hecho mejor en probar por el otro lado de la casa, querida mía —dice la señora Rouncewell a Rosa—. Su vestidor está del lado de mi Lady. ¡Y en todos estos años nunca había oído el paso en el Paseo del Fantasma con tanta claridad como esta noche!

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