Una actitud tan desapegada por parte del banquero es exigida también en aras de sus otros clientes: los compradores de valores corporativos. El banquero de inversión se encuentra ante una gran parte de sus clientes en una posición de confianza, la cual debe ser plenamente reconocida.
Los pequeños inversores, en particular las mujeres, que poseen una proporción cada vez mayor de nuestros valores corporativos, suelen comprar por recomendación de sus banqueros. Los pequeños inversores no determinan, y en la mayoría de los casos no pueden determinar por sí mismos, los hechos en los que basar un juicio adecuado sobre la solidez de los valores ofrecidos. Y aun si a estos inversores se les proporcionaran los hechos, carecen de la experiencia empresarial indispensable para formarse un juicio adecuado.
Dichos inversores necesitan y tienen derecho a recibir el consejo de los banqueros, y obviamente su consejo imparcial; y el consejo no puede ser imparcial cuando el banquero, como parte de la gestión de la corporación, ha participado en la creación de los valores que son objeto de venta al inversor.
¿Es concebible que la gran firma de los Morgan hubiera contribuido a proporcionar a la New Haven los cientos de millones gastados tan imprudentemente, de no haber estado su juicio nublado por la participación en la gestión de la New Haven?