Para escapar de este dilema, Seeliger sugirió una modificación de la ley de Newton, en la cual asume que para grandes distancias la fuerza de atracción entre dos masas disminuye más rápidamente de lo que resultaría de la ley del inverso del cuadrado.
De este modo es posible que la densidad media de la materia sea constante en todas partes, incluso hasta el infinito, sin que se produzcan campos gravitatorios infinitamente grandes. Nos libramos así de la desagradable concepción de que el universo material deba poseer algo de la naturaleza de un centro.
Naturalmente, compramos nuestra emancipación de las dificultades fundamentales mencionadas a costa de una modificación y complicación de la ley de Newton que no tiene ningún fundamento ni empírico ni teórico. Podemos imaginar innumerables leyes que servirían al mismo propósito, sin que podamos indicar una razón por la cual una de ellas deba preferirse a las demás; pues cualquiera de estas leyes se basaría tan poco en principios teóricos más generales como lo hace la ley de Newton.