# Guerras Nacionales.
Las guerras nacionales, a las que nos hemos referido al hablar de las de invasión, son las más formidables de todas. Este nombre solo puede aplicarse a aquellas que se libran contra un pueblo unido, o una gran mayoría de él, lleno de un noble ardor y decidido a sostener su independencia: entonces cada paso es disputado, el ejército solo mantiene su terreno de campamento, sus suministros solo pueden obtenerse a punta de espada y sus convoyes son amenazados o capturados en todas partes.
El espectáculo de un levantamiento espontáneo de una nación rara vez se ve; y, aunque hay en él algo grande y noble que impone nuestra admiración, las consecuencias son tan terribles que, por el bien de la humanidad, deberíamos desear no verlo jamás.
Este levantamiento no debe confundirse con una defensa nacional de acuerdo con las instituciones del Estado y dirigida por el gobierno.
Esta insurrección puede ser producida por las causas más opuestas. Los siervos pueden levantarse en masa a la llamada del gobierno, y sus amos, movidos por un noble amor a su soberano y a su patria, pueden darles el ejemplo y tomar el mando de ellos; y, de igual manera, un pueblo fanático puede armarse bajo el llamamiento de sus sacerdotes; o un pueblo entusiasta de sus opiniones políticas, o animado por un sagrado amor a sus instituciones, puede lanzarse al encuentro del enemigo en defensa de todo cuanto tiene de más querido.
El dominio del mar es de gran importancia en los resultados de una invasión nacional. Si el pueblo posee una larga extensión de costa, y es dueño del mar o está aliado con una potencia que lo controla, su poder de resistencia se quintuplica, no solo debido a la facilidad de alimentar la insurrección y de alarmar al enemigo en todos los puntos que pueda ocupar, sino aún más por las dificultades que se pondrán en el camino de su adquisición de suministros por mar.
La naturaleza del país puede ser tal que contribuya a la facilidad de una defensa nacional. En los países montañosos el pueblo es siempre más formidable; después de estos están los países cubiertos de extensos bosques.
La resistencia de los suizos a Austria y al duque de Borgoña, la de los catalanes en 1712 y en 1809, las dificultades con las que tropezaron los rusos en la sumisión de las tribus del Cáucaso y, por último, los reiterados esfuerzos de los tiroleses, demuestran claramente que los habitantes de las regiones montañosas siempre han resistido durante más tiempo que los de las llanuras, lo cual se debe tanto a la diferencia de carácter y costumbres como a la diferencia de las características naturales de los países.
Los desfiladeros y los grandes bosques, así como las regiones rocosas, favorecen este tipo de defensa; y el Bocage de La Vendée, tan justamente célebre, prueba que cualquier país, incluso si solo está atravesado por grandes setos y zanjas o canales, permite una defensa formidable.
Las dificultades en el camino de un ejército en las guerras de opiniones, así como en las guerras nacionales, son muy grandes, y hacen que la misión del general que las dirige sea muy difícil. Los acontecimientos recién mencionados, la lucha de los Países Bajos con Felipe II y la de los estadounidenses con los ingleses, proporcionan pruebas evidentes de esto; pero la lucha mucho más extraordinaria de La Vendée con la República victoriosa, las de España, Portugal y el Tirol contra Napoleón y, finalmente, las de Morea contra los turcos y de Navarra contra los ejércitos de la reina Cristina, son ilustraciones aún más llamativas.
Las dificultades son particularmente grandes cuando el pueblo está respaldado por un núcleo considerable de tropas disciplinadas. El invasor solo tiene un ejército: sus adversarios tienen un ejército, y un pueblo total o casi totalmente en armas, que hace de todo un medio de resistencia, en el que cada individuo conspira contra el enemigo común; incluso los no combatientes tienen interés en su ruina y la aceleran por todos los medios a su alcance. El invasor no domina apenas más terreno que aquel en el que acampa; fuera de los límites de su campamento todo le es hostil y multiplica por mil las dificultades que encuentra a cada paso.
Estos obstáculos se vuelven casi insuperables cuando el país es difícil. Cada habitante armado conoce los más pequeños senderos y sus conexiones; encuentra en todas partes a un pariente o amigo que lo ayuda; los comandantes también conocen el país y, al enterarse inmediatamente del más mínimo movimiento por parte del invasor, pueden adoptar las mejores medidas para frustrar sus proyectos; mientras que este último, sin información de sus movimientos y no en condiciones de enviar destacamentos para obtenerla, sin más recurso que sus bayonetas y con seguridad cierta únicamente en la concentración de sus columnas, es como un ciego: sus combinaciones fracasan; y cuando, tras los movimientos mejor concertados y las marchas más rápidas y fatigosas, cree que está a punto de lograr su objetivo y asestar un golpe terrible, no encuentra más señales del enemigo que sus fogatas: de modo que mientras, como Don Quijote, ataca molinos de viento, su adversario se halla en su línea de comunicaciones, destruye los destacamentos dejados para guardarla, sorprende sus convoyes, sus depósitos, y libra una guerra tan desastrosa para el invasor que este debe sucumbir inevitablemente al cabo de un tiempo.
En España fui testigo de dos ejemplos terribles de este género. Cuando el cuerpo de Ney reemplazó al de Soult en La Coruña, había acampado las compañías del tren de artillería entre Betanzos y La Coruña, en medio de cuatro brigadas distantes del campamento de dos a tres leguas, y no se había visto ninguna fuerza española en cincuenta millas; Soult aún ocupaba Santiago de Compostela, la división Maurice-Mathieu estaba en Ferrol y Lugo, la de Marchand en La Coruña y Betanzos: sin embargo, una buena noche las compañías del tren —hombres y caballos— desaparecieron, y nunca pudimos descubrir qué fue de ellos; un solitario cabo herido se escapó para informar de que los campesinos, guiados por sus monjes y curas, los habían exterminado de este modo.
Cuatro meses después, Ney con una sola división marchó a conquistar Asturias, descendiendo por el valle del Navia, mientras Kellermann desembocaba desde León por el camino de Oviedo. Una parte del cuerpo de La Romana que guardaba Asturias marchó por detrás de las alturas mismas que encierran el valle del Navia, a lo sumo a una legua de nuestras columnas, sin que el mariscal supiera una sola palabra de ello: cuando entraba en Gijón, el ejército de La Romana atacó el centro de los regimientos de la división Marchand, los cuales, al estar dispersos para guardar Galicia, apenas escaparon, y eso únicamente por el pronto regreso del mariscal a Lugo.
Esta guerra presentó mil incidentes tan llamativos como este. Todo el oro de México no habría podido procurarle información fidedigna a los franceses; lo que se les daba no era más que un anzuelo para hacerlos caer más fácilmente en las trampas.
Ningún ejército, por muy disciplinado que sea, puede luchar con éxito contra un sistema semejante aplicado a una gran nación, a menos que sea lo suficientemente fuerte como para retener todos los puntos esenciales del país, cubrir sus comunicaciones y, al mismo tiempo, proporcionar una fuerza activa suficiente para derrotar al enemigo allí donde este se presente.
Si este enemigo cuenta con un ejército regular de tamaño respetable que sirva de núcleo en torno al cual agrupar al pueblo, ¿qué fuerza será suficiente para ser superior en todas partes y garantizar la seguridad de las largas líneas de comunicación frente a numerosos cuerpos?
La guerra de la Península debe ser estudiada cuidadosamente para aprender todos los obstáculos que un general y sus valientes tropas pueden encontrar en la ocupación o conquista de un país cuyo pueblo está en armas en su totalidad.
¡Qué esfuerzos de paciencia, valor y resignación no les costó a las tropas de Napoleón, Massena, Soult, Ney y Suchet sostenerse durante seis años contra tres o cuatrocientos mil españoles y portugueses armados, apoyados por los ejércitos regulares de Wellington, Beresford, Blake, La Romana, Cuesta, Castaños, Reding y Ballasteros!
Si el éxito fuere posible en semejante guerra, el siguiente curso general será el más propicio para asegurarlo, a saber:
- hacer alarde de una masa de tropas proporcional a los obstáculos y a la resistencia que probablemente se encuentren,
- calmar las pasiones populares de todas las maneras posibles,
- agotarlas mediante el tiempo y la paciencia,
- mostrar cortesía, benignidad y severidad unidas, y,
- particularmente, actuar con justicia.
Los ejemplos de Enrique IV en las guerras de la Liga, del mariscal Berwick en Cataluña, de Suchet en Aragón y Valencia, de Hoche en La Vendée, son modelos en su género, que pueden emplearse según las circunstancias con igual éxito. El orden y la disciplina admirables de los ejércitos de Diebitsch y Paskevitch en la última guerra fueron también modelos, y contribuyeron no poco al éxito de sus empresas.
Los inmensos obstáculos con los que tropieza una fuerza invasora en estas guerras han llevado a algunas personas especulativas a desear que no hubiera nunca ninguna de otra clase, ya que así las guerras se harían más raras y, al ser la conquista también más difícil, resultaría menos tentadora para los líderes ambiciosos.
Este razonamiento es más plausible que sólido; pues, para admitir todas sus consecuencias, sería necesario poder inducir siempre al pueblo a tomar las armas, y también sería necesario que estuviéramos convencidos de que en el futuro no habrá más guerras que las de conquista, y que todas las guerras legítimas aunque secundarias, que solo sirven para mantener el equilibrio político o defender los intereses públicos, no volverán a ocurrir jamás: de otro modo, ¿cómo podría saberse cuándo y cómo excitar al pueblo a una guerra nacional?
Por ejemplo, si cien mil alemanes cruzaran el Rin y entraran en Francia, originalmente con la intención de impedir la conquista de Bélgica por parte de Francia, y sin ningún otro proyecto ambicioso, ¿sería este un caso en el que toda la población —hombres, mujeres y niños— de Alsacia, Lorena, Champaña y Borgoña debería tomar las armas?
- ¿hacer un Zaragoza de cada ciudad amurallada?,
- ¿provocar, a modo de represalias, asesinatos, pillajes e incendios en todo el país?
Si todo esto no se hace, y los alemanes, como consecuencia de algún éxito, ocuparan estas provincias, ¿quién puede decir que más tarde no intentarían apropiarse de una parte de ellas, incluso aunque al principio nunca lo hubieran contemplado?
La dificultad de responder a estas dos preguntas parecería argumentar a favor de las guerras nacionales.
¿Pero acaso no hay medios para repeler semejante invasión sin provocar un levantamiento de toda la población y una guerra de exterminio?
¿No hay un término medio entre estas luchas entre el pueblo y el viejo método regular de guerra entre ejércitos permanentes?
¿No será suficiente, para la defensa eficiente del país, organizar una milicia, o landwehr, que, uniformada y convocada por sus gobiernos al servicio, regule la parte que el pueblo debe tomar en la guerra y ponga límites justos a sus barbaries?
Respondo afirmativamente; y, aplicando este sistema mixto a los casos antedichos, garantizo que cincuenta mil soldados regulares franceses, apoyados por las Guardias Nacionales del Este, vencerían a este ejército alemán que había cruzado los Vosgos; pues, reducido a cincuenta mil hombres por numerosos destacamentos, al acercarse al Mosa o al llegar a Argonne tendría que vérselas con cien mil hombres.
Para alcanzar este objetivo, hemos establecido como una necesidad que se preparen buenas reservas nacionales para el ejército; lo cual resultará menos costoso en tiempo de paz y garantizará la defensa del país en tiempo de guerra. Este sistema fue utilizado por Francia en 1792, imitado por Austria en 1809, y por toda Alemania en 1813.
Resumo esta discusión afirmando que, sin ser un filántropo utópico ni un condottiere, una persona puede desear que las guerras de exterminio sean desterradas del código de las naciones, y que la defensa de los pueblos mediante milicias disciplinadas, con la ayuda de buenas alianzas políticas, baste para garantizar su independencia.
Como soldado, prefiriendo la guerra leal y caballeresca al asesinato organizado, si es necesario hacer una elección, reconozco que mis prejuicios están a favor de los buenos viejos tiempos en que la guardia francesa y la inglesa se invitaban cortésmente a disparar primero —como en Fontenoy—, prefiriéndolos a la espantosa época en que curas, mujeres y niños de toda España tramaban el asesinato de soldados aislados.