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nydus/The Art of WarPublic
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ARTÍCULO XXVIII.

# Operaciones Estratégicas en Montaña.

Un país montañoso se presenta, en las combinaciones de la guerra, bajo cuatro aspectos diferentes. Puede ser el teatro entero de la guerra, o puede ser tan solo una zona; puede ser montañoso en toda su extensión, o puede haber una línea de montañas de la cual, al emerger, el ejército pueda desembocar en llanuras grandes y ricas.

Si se exceptúan Suiza, el Tirol, las provincias nóricas, algunas partes de Turquía y Hungría, Cataluña y Portugal, en los países europeos las montañas se hallan en cordilleras aisladas.

En estos casos no hay más que un desfiladero difícil que cruzar; un obstáculo temporal que, una vez superado, resulta más una ventaja que un inconveniente.

De hecho, una vez cruzada la cordillera y trasladada la guerra a las llanuras, la cadena de montañas puede considerarse como una base eventual, sobre la cual el ejército puede replegarse y encontrar un refugio temporal. La única precaución esencial que debe observarse es no permitir que el enemigo se le anicipe al ejército en esta línea de retirada.

La parte de los Alpes situada entre Francia e Italia, y los Pirineos, (que no son tan altos, aunque igualmente anchos,) son de esta naturaleza. Las montañas de Bohemia y de la Selva Negra, y los Vosgos, pertenecen a esta clase.

En Cataluña las montañas cubren todo el país hasta el Ebro: si la guerra se limitara a esta provincia, las combinaciones no serían las mismas que si no hubiera más que una línea de montañas.

Hungría en este respecto difere poco de Lombardía y Castilla; pues si los Cárpatos en la parte oriental y septentrional son un rasgo tan marcado como los Pirineos, no dejan de ser más que un obstáculo temporal, y un ejército que lo supere, ya sea desembocando en la cuenca del Waag, del Neytra o del Theiss, o en los campos de Mongatsch, tendría las vastas llanuras entre el Danubio y el Theiss como campo de operaciones. La única diferencia estaría en los caminos, que en los Alpes, aunque pocos en número, son excelentes, mientras que en Hungría no hay ninguno de gran valor.

En su parte septentrional, esta cadena, aunque no tan alta, se vuelve más ancha y parecería pertenecer a esa clase de teatros de operaciones que son totalmente montañosos; pero, como su evacuación puede ser forzada por operaciones decisivas en los valles del Waag o del Theiss, debe ser considerada como una barrera temporal.

El ataque y la defensa de este país, sin embargo, constituirían un estudio estratégico de la más alta importancia.

Cuando un país sumamente montañoso, como el Tirol o Suiza, no es más que una zona de operaciones, la importancia de estas montañas es secundaria, y deben ser observadas como una fortaleza, decidiendo los ejércitos las grandes contiendas en los valles. Desde luego, sucederá de otro modo si este es todo el teatro de operaciones.

Ha sido durante mucho tiempo una cuestión si la posesión de las montañas daba el control de los valles, o si la posesión de los valles daba el control de las montañas. El archiduque Carlos, un juez muy inteligente y competente, se ha decantado por lo segundo, y ha demostrado que el valle del Danubio es la clave del sur de Alemania.

Sin embargo, en este tipo de cuestiones mucho depende de las fuerzas relativas y de su disposición en el país.

  • Si sesenta mil franceses avanzaran sobre Baviera en presencia de una fuerza igual de austríacos, y estos últimos arrojaran treinta mil hombres en el Tirol, con la intención de reemplazarlos mediante refuerzos a su llegada al Inn, le sería difícil al francés avanzar hasta esta línea, dejando a una fuerza tan grande en sus flancos dueña de las salidas de Scharnitz, Füssen, Kufstein y Lofer.
  • Pero si la fuerza francesa fuera de ciento veinte mil hombres, y hubiera obtenido éxitos tales como para establecer su superioridad sobre el ejército que tiene enfrente, entonces podría dejar un destacamento suficiente para enmascarar los desfiladeros del Tirol y extender su avance hasta Linz, como hizo Moreau en 1800.

Hasta ahora hemos considerado estas regiones montañosas únicamente como zonas accesorias.

Si las consideramos como los principales campos de operaciones, el problema estratégico parece más complicado. Las campañas de 1799 y 1800 son igualmente ricas en enseñanzas sobre esta rama del arte. En mi relato de ellas me he esforzado por destacar sus enseñanzas mediante una exposición histórica de los acontecimientos; y no puedo hacer nada mejor que remitir a mis lectores a él.

Cuando consideramos los resultados de la imprudente invasión de Suiza por el Directorio francés, y su influencia fatal al duplicar la extensión del teatro de operaciones y hacer que se extienda desde el Texel hasta Nápoles, no podemos sino aplaudir fervientemente la sabiduría de Francia y Austria en las transacciones que durante tres siglos habían garantizado la neutralidad de Suiza.

Todo el mundo se convencerá de esto estudiando detenidamente las interesantes campañas del archiduque Carlos, Suvórov y Masséna en 1799, y las de Napoleón y Moreau en 1800.

  • La primera es un modelo para operaciones en un terreno enteramente montañoso;
  • la segunda es un modelo para guerras en las que la suerte de los países montañosos se decide en las llanuras.

Expondré aquí algunas de las deducciones que parecen desprenderse de este estudio.

Cuando un país cuya extensión entera es montañosa es el principal teatro de operaciones, las combinaciones estratégicas no pueden estar enteramente fundadas en máximas aplicables en un país abierto.

Maniobras transversales para ganar la extremidad del frente de operaciones del enemigo aquí se vuelven siempre muy difíciles, y a menudo imposibles.

En tal país, un ejército considerable solo puede maniobrar en un pequeño número de valles, donde el enemigo se cuidará de apostar guardias avanzadas de fuerza suficiente para retrasar al ejército el tiempo necesario para proporcionar los medios de frustrar la empresa; y, como las crestas que separan estos valles generalmente solo podrán ser cruzadas por senderos impracticables para el paso de un ejército, las marchas transversales solo pueden ser realizadas por pequeños cuerpos de tropas ligeras.

Los puntos estratégicos naturales importantes se encontrarán en la confluencia de los valles más grandes o de los arroyos en dichos valles, y serán pocos en número; y, si el ejército defensivo los ocupa con la masa de sus fuerzas, el invasor se verá generalmente obligado a recurrir a ataques frontales para desalojarlo.

Sin embargo, si las grandes maniobras estratégicas en estos casos son más raras y difíciles, de ningún modo se sigue que sean menos importantes. Por el contrario, si el atacante logra apoderarse de uno de estos centros de comunicación entre los grandes valles sobre la línea de retirada del enemigo, esto será más grave para este último que si se encontrara en un país abierto; ya que la ocupación de uno o dos desfiladeros difíciles bastará a menudo para causar la ruina de todo el ejército.

Si la parte atacante tiene dificultades que superar, debe admitirse que la defensa tiene otras tantas, debido a la necesidad de cubrir todas las salidas por las cuales pueda realizarse un ataque en fuerza sobre los puntos decisivos, y a las dificultades de las marchas transversales que se vería obligada a realizar para cubrir los puntos amenazados.

Para completar lo que he dicho sobre esta clase de marchas y las dificultades de dirigirlas, me remitiré a lo que hizo Napoleón en 1805 para cortar la retirada de Mack desde Ulm. Si esta operación fue facilitada por los cien caminos que cruzan Suabia en todas direcciones, y si habría sido impracticable en un país montañoso, por falta de rutas transversales, hacer el largo rodeo desde Donauwörth por Augsburgo hasta Memmingen, también es cierto que Mack pudo haber efectuado su retirada por estos mismos cien caminos con mucha mayor facilidad que si hubiera estado atrapado en uno de los valles de Suiza o del Tirol, de los cuales no había más que una sola salida.

Por otra parte, el general a la defensiva puede, en un país llano, concentrar una gran parte de sus fuerzas; pues, si el enemigo se dispersa para ocupar todos los caminos por los cuales el ejército defensivo pueda retirarse, le será fácil a este último aplastar a estos cuerpos aislados; pero en un país muy montañoso, donde ordinariamente no hay más que una o dos rutas principales en las que desembocan otros valles, incluso desde la dirección del enemigo, la concentración de fuerzas se hace más difícil, ya que pueden derivarse graves inconvenientes si al menos uno de estos importantes valles no es vigilado.

Nada puede demostrar mejor la dificultad de la defensa estratégica en regiones montañosas que la perplejidad en la que nos vemos envueltos cuando intentamos simplemente dar consejos en tales casos, por no hablar de sentar máximas para ellos.

Si tan solo se tratara de la defensa de un único frente determinado de pequeña extensión, compuesto por cuatro o cinco valles convergentes cuya confluencia común se encuentra a una distancia de dos o tres marchas cortas de las cumbres de las cordilleras, su resolución sería más fácil.

Bastaría entonces con recomendar la construcción de un buen fuerte en el punto más estrecho y menos vulnerable al rodeo de cada uno de dichos valles. Protegidas por estos fuertes, deberían apostarse algunas brigadas de infantería para disputar el paso, mientras se mantendría a la mitad del ejército en reserva en la confluencia, donde estaría en posición ya sea de sostener a las vanguardias más gravemente amenazadas, o de abalanzarse sobre el atacante con toda la fuerza en el momento en que este desboque.

Si a esto se añaden buenas instrucciones para los comandantes de las vanguardias, ya sea asignándoles el mejor punto de reunión cuando su línea de fuertes sea franqueada, o indicándoles que continúen operando en las montañas sobre el flanco del enemigo, el general a la defensiva podrá considerarse invencible, gracias a las múltiples dificultades que el país ofrece al atacante.

Pero, si hay otros frentes como este a la derecha y a la izquierda, todos los cuales deben ser defendidos, el problema cambia: las dificultades de la defensa aumentan con la extensión de los frentes, y este sistema de un cordón de fortificaciones se vuelve peligroso, al mismo tiempo que no es fácil adoptar uno mejor.

No podemos convencernos mejor de estas verdades que considerando la posición de Massena en Suiza en 1799.

Después de la derrota de Jourdan en Stockach, este ocupó la línea desde Basilea, pasando por Schaffhausen y Rheineck, hasta San Gotardo, y desde allí por La Furca hasta el Mont-Blanc.

Tenía enemigos frente a Basilea, en Waldshut, en Schaffhausen, en Feldkirch y en Chur; Bellegarde amenazaba el San Gotardo, y el ejército italiano amenazaba el Simplón y el Gran San Bernardo.

  • ¿Cómo iba a defender semejante circunferencia?
  • ¿Y cómo podía dejar abierto uno de estos grandes valles, arriesgándolo así todo?

Desde Rheinfelden hasta el Jura, hacia Soleura, había apenas dos jornadas cortas, y allí se encontraba la boca de la trampa en la que estaba metido el ejército francés. Este era, por tanto, el pivote de la defensa.

Pero ¿cómo podía dejar Schaffhausen desprotegido? ¿Cómo abandonar Rheineck y el San Gotardo? ¿Cómo abrir el Valais y el acceso por Berna, sin entregar toda Suiza a la Coalición?

Y si cubría cada punto aunque fuera con una brigada, ¿dónde estaría su ejército cuando lo necesitara para presentar batalla a una fuerza que se aproximara?

Es un sistema natural en un teatro llano concentrar las masas de un ejército; pero en las montañas tal proceder entregaría las llaves del país y, además, no es fácil decir dónde podría concentrarse un ejército inferior sin comprometerlo.

Tras la evacuación forzosa de la línea del Rin y de Zúrich, parecía que el único punto estratégico que a Masséna le quedaba por defender era la línea del Jura. Fue lo bastante temerario como para establecerse en el Albis, una línea más corta que la del Rin, es cierto, pero expuesta a lo largo de una inmensa distancia a los ataques de los austriacos.

Si Bellegarde, en vez de marchar a Lombardía por la Valtelina, hubiera marchado a Berna o se hubiera unido al archiduque, Masséna se habría arruinado.

Estos acontecimientos parecen demostrar que, si un país cubierto de altas montañas es favorable para la defensa desde un punto de vista táctico, ocurre lo contrario en un sentido estratégico, pues requiere una división de las tropas. A esto solo puede remediarse dotándolas de mayor movilidad y pasando a menudo a la ofensiva.

El general Clausewitz, cuya lógica es con frecuencia defectuosa, sostiene, por el contrario, que, siendo los movimientos la parte más difícil en esta clase de guerra, el partido defensivo debe evitarlos, ya que por tal proceder podría perder las ventajas de las defensas locales.

Él, sin embargo, termina demostrando que una defensa pasiva debe ceder ante un ataque activo,—lo cual demuestra que la iniciativa no es menos favorable en las montañas que en las llanuras.

Si pudiera haber alguna duda sobre este punto, debería disiparse con la campaña de Massena en Suiza, donde se sostuvo únicamente atacando al enemigo en cada oportunidad, incluso cuando se vio obligado a buscarlo en el Grimsel y en el San Gotardo.

El proceder de Napoleón fue similar en 1796 en el Tirol, cuando se enfrentó a Wurmser y Alvinzi.

En cuanto a las maniobras estratégicas detalladas, pueden comprenderse leyendo los acontecimientos de la expedición de Suvórov por el San Gotardo sobre el Muttenthal.

Si bien debemos aprobar sus maniobras al intentar capturar a Lecourbe en el valle del Reuss, también debemos admirar la presencia de ánimo, la actividad y la firmeza inquebrantable que salvaron a dicho general y a su división.

Posteriormente, en el Schachenthal y el Muttenthal, Suvórov se vio en la misma posición en que había estado Lecourbe, y salió de ella con igual habilidad.

No menos extraordinaria fue la campaña de diez días del general Molitor, quien con cuatro hombres mil se vio rodeado en el cantón de Glaris por más de treinta mil aliados, y aun así logró mantenerse tras el Linth después de cuatro combates admirables. Estos acontecimientos nos enseñan la vanidad de toda teoría en los detalles, y también que en un país semejante una voluntad fuerte y heroica vale más que todos los preceptos del mundo.

Después de tales lecciones, ¿es necesario decir que una de las reglas principales de esta clase de guerra es no arriesgarse en los valles sin asegurar las alturas?

¿He de decir también que en esta clase de guerra, más que en ninguna otra, las operaciones deben dirigirse contra las comunicaciones del enemigo?

Y, finalmente, ¿que unas buenas bases temporales o líneas de defensa en la confluencia de los grandes valles, cubiertas por reservas estratégicas, combinadas con una gran movilidad y frecuentes movimientos ofensivos, serán el mejor medio de defender el país?

No puedo terminar este artículo sin señalar que los países montañosos son particularmente favorables para la defensa cuando la guerra es nacional, en la que todo el pueblo se levanta para defender sus hogares con la obstinación que el entusiasmo por una causa sagrada confiere: cada avance resulta entonces sumamente costoso. Pero para tener éxito es siempre necesario que el pueblo esté respaldado por una fuerza disciplinada, más o menos numerosa: sin esto, terminarán sucumbiendo, como los héroes de Stanz y del Tirol.

La ofensiva contra un país montañoso también presenta un caso doble: puede dirigirse contra una franja de montañas más allá de la cual hay llanuras extensas, o todo el teatro de operaciones puede ser montañoso.

En el primer caso poco más hay que hacer que esto, a saber: hacer demostraciones en toda la línea de la frontera, con objeto de inducir al enemigo a extender su defensa, y forzar entonces un paso en el punto que prometa los mayores resultados.

El problema en tal caso es romper un cordón que es fuerte menos por el número de los defensores que por su posición, y si es roto en un punto toda la línea queda forzada.

La historia de Bard en 1800, y la captura de Leutasch y Scharnitz en 1805 por Ney (que arrojó catorce mil hombres sobre Innsbruck en medio de treinta mil austriacos, y al apoderarse de este punto central los obligó a retirarse en todas direcciones), muestran que con infantería valiente y comandantes osados estas famosas cordilleras pueden ser forzadas generalmente.

La historia del paso de los Alpes, donde Francisco I burló al ejército que lo aguardaba en Susa al atravesar las empinadas montañas entre el monte Cenis y el valle de Queyras, es un ejemplo de esos obstáculos insuperables que siempre pueden ser superados.

Para oponérsele habría sido necesario adoptar un sistema de cordón; y ya hemos visto qué cabe esperar de él. La posición de los suizos y los italianos en Susa era aún menos sensata que el sistema de cordón, porque los encerraba en un valle estrecho sin proteger las salidas laterales. Su plan estratégico debió haber consistido en arrojar tropas a estos valles para defender los desfiladeros, y situar el grueso del ejército hacia Turín o Carignano.

Cuando consideramos las dificultades tácticas de esta clase de guerra, y las inmensas ventajas que ofrece a la defensa, podemos vernos inclinados a considerar la concentración de una fuerza considerable para penetrar por un solo valle como una maniobra sumamente temeraria, y a pensar que debería dividirse en tantas columnas como pasos practicables haya.

En mi opinión, esta es una de las más peligrosas de todas las ilusiones; y para confirmar lo que digo, basta con remitirse a la suerte de las columnas de Championnet en la batalla de Fossano.

Si hay cinco o seis caminos en el frente amenazado, todos ellos deben ser amenazados, por supuesto; pero el ejército no debe cruzar la cadena en más de dos masas, y las rutas que estas sigan no deben ser divergentes; pues si lo fueran, el enemigo podría ser capaz de derrotarlas por separado.

El paso del San Bernardo por parte de Napoleón fue sabiamente planeado. Formó el grueso de su ejército en el centro, con una división en cada flanco por el Mont-Cenis y el Simplón, para dividir la atención del enemigo y flanquear su marcha.

La invasión de un país enteramente cubierto de montañas es una tarea mucho mayor y más difícil que aquella en la que un desenlace puede lograrse mediante una batalla decisiva en campo abierto; pues los campos de batalla para el despliegue de grandes masas son raros en una región montañosa, y la guerra se convierte en una sucesión de combates parciales.

Aquí sería imprudente, tal vez, penetrar por un solo punto a través de un valle estrecho y profundo, cuyas salidas pudieran ser cerradas por el enemigo y poner así en peligro al ejército invasor: este podría penetrar por las alas en dos o tres líneas laterales, cuyas salidas no debieran estar demasiado separadas, estando las marchas dispuestas de tal modo que las masas puedan desembocar en la confluencia de los valles casi al mismo instante. El enemigo debe ser expulsado de todas las crestas que separan estos valles.

De todos los países montañosos, la defensa táctica de Suiza sería la más fácil, si todos sus habitantes estuvieran unidos en espíritu; y con su ayuda una fuerza disciplinada podría mantenerse firme frente a un número triple.

Dar preceptos específicos para complicaciones que varían infinitamente según las localidades, los recursos y la condición de los pueblos y de los ejércitos, sería absurdo.

La historia, bien estudiada y comprendida, es la mejor escuela para este género de guerra.

La relación de la campaña de 1799 por el archiduque Carlos, la de las campañas que he dado en mi Historia de las guerras de la Revolución, la narración de la campaña de los Grisones por Ségur y Mathieu Dumas, la de Cataluña por Saint-Cyr y Suchet, la campaña del duque de Rohan en la Valtelina y el paso de los Alpes por Gaillard (Francisco I.), son buenas guías en este estudio.

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