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nydus/As I Lay DyingPublic
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Darl

Ha estado en el pueblo esta semana: la nuca la lleva rapada al ras, con una línea blanca entre el pelo y la piel tostada por el sol como la juntura de un hueso blanco. No ha vuelto la vista atrás ni una sola vez.

—Jewel —digo—. De nuevo en marcha, enfilado entre las dos parejas de orejas de mula que se bambolean, el camino desaparece bajo el carro como si fuera una cinta y el eje delantero un carrete—. ¿Sabes que se va a morir, Jewel?

Hacen falta dos personas para hacerte, y una persona para morir. Así es como se va a acabar el mundo.

Le dije a Dewey Dell:

«Quieres que se muera para poder ir al pueblo: ¿es eso?».

Ella no quería decir lo que ambos sabíamos.

«La razón por la que no lo dices es que, cuando lo digas, incluso a ti misma, sabrás que es verdad: ¿es eso? Pero ahora ya sabes que es verdad. Casi puedo decirte el día en que supo que era verdad. ¿Por qué no lo dices, ni siquiera a ti misma?».

Ella no lo dice. Ella sigue y sigue diciendo ¿Vas a decirle a papá? ¿Vas a matarlo?

«No puedes creer que sea verdad porque no puedes creer que Dewey Dell, Dewey Dell Bundren, pueda tener tanta mala suerte: ¿es eso?».

El sol, a una hora del horizonte, se balancea como un huevo sangriento sobre una cresta de nubarrones; la luz se ha vuelto cobriza: a los ojos portentosamente, a la nariz sulfurosa, con olor a relámpago.

Cuando llegue Peabody, tendrán que usar la cuerda. Se ha reventado la panza a base de verduras frías. Con la cuerda lo arrastrarán sendero arriba, flotando como un globo por el aire sulfuroso.

—Jewel —digo—, ¿sabes que Addie Bundren va a morirse? ¿Addie Bundren va a morirse?

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