Un día estábamos hablando. Ella nunca había sido devota de veras, ni siquiera después de aquel verano en el campamento de avivamiento cuando el hermano Whitfield luchó con su espíritu, la distinguió y bregó con la vanidad de su corazón mortal, y yo le dije muchas veces: «Dios te dio hijos para consolar tu dura condición humana y como muestra de Su propio sufrimiento y amor, pues con amor los concebiste y pariste». Le dije eso porque ella se tomaba el amor de Dios y su deber hacia Él demasiado como algo natural, y esa conducta no le agrada a Él.
Yo dije: «Él nos dio el don de alzar nuestras voces en Su alabanza eterna» porque dije que hay más alegría en el cielo por un pecador que por cien que nunca pecaron.
Y ella dijo: «Mi vida diaria es un reconocimiento y una expiación de mi pecado» y yo dije: «¿Quién eres tú para decir qué es pecado y qué no es pecado? Del Señor es la parte de juzgar; nuestra, la de alzar Su misericordia y Su santo nombre a los oídos de nuestros semejantes mortales» porque solo Él puede mirar en el corazón, y tan solo porque la vida de una mujer sea recta ante los ojos del hombre, ella no puede saber si no hay pecado en su corazón a menos que le abra su corazón al Señor y reciba Su gracia.
Le dije: «El hecho de que hayas sido una esposa fiel no es señal de que no haya pecado en tu corazón, y el hecho de que tu vida sea dura no es señal de que la gracia del Señor te esté absolviendo».
Y ella respondió: «Conozco mi propio pecado. Sé que merezco mi castigo. No se lo reprocho a nadie».
Y yo le dije: «Es por tu vanidad que pretendes juzgar el pecado y la salvación ocupando el lugar del Señor. Es nuestro destino mortal sufrir y alzar nuestras voces en alabanza a Aquel que juzga el pecado y ofrece la salvación a través de nuestras pruebas y tribulaciones desde tiempos inmemoriales amén. Ni siquiera después de que el hermano Whitfield, un hombre piadoso como pocos han respirado el aliento de Dios, rezara por ti y se esforzara como ningún hombre podría hacerlo salvo él», le dije.
Porque no somos nosotros quienes podemos juzgar nuestros pecados ni saber qué es pecado ante los ojos del Señor. Ella ha tenido una vida dura, pero también la tiene cualquier mujer. Pero por cómo hablaba, uno creería que sabía más de pecado y de salvación que el Señor Dios mismo, que aquellos que han luchado y trabajado con el pecado en este mundo humano.
Cuando el único pecado que cometió fue tener debilidad por Jewel, que nunca la amó y que era su propio castigo, prefiriéndolo a Darl, que fue tocado por Dios mismo y considerado raro por nosotros los mortales, y que sí la amaba.
Le dije: «Ahí está tu pecado. Y tu castigo también. Jewel es tu castigo. ¿Pero dónde está tu salvación? Y la vida es bastante corta —le dije— como para ganarse en ella la gracia eterna. Y Dios es un Dios celoso. Suyo es el juicio y la medida; no tuyo».
—Lo sé —dijo ella—. Yo— —. Entonces se detuvo, y yo dije:
¿Sabes qué?
“Nada”, dijo ella. “Él es mi cruz y será mi salvación. Él me salvará del agua y del fuego. Aunque he entregado mi vida, él me salvará”.
—¿Cómo lo sabes, sin abrirle tu corazón y alzar tu voz en su alabanza? —dije.
Entonces me di cuenta de que no hablaba de Dios. Comprendí que, por la vanidad de su corazón, había incurrido en sacrilegio.
Y allí mismo caí de hinojos. Le supliqué que se arrodillara, abriera su corazón y arrojara de él al demonio de la vanidad, y se entregara a la misericordia del Señor. Pero no quiso. Se quedó ahí sentada, perdida en su vanidad y su orgullo, que habían cerrado su corazón a Dios y puesto en Su lugar a aquel muchacho mortal y egoísta.
Arrodillado allí, recé por ella. Pedí por esa pobre mujer ciega como nunca antes lo había hecho por mí y por los míos.