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nydus/As I Lay DyingPublic
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Whitfield

Cuando me dijeron que se estaba muriendo, durante toda esa noche luché contra Satanás, y salí victorioso. Me desperté ante la enormidad de mi pecado; vi la verdadera luz por fin, y caí de rodillas y le confesé a Dios y le pedí su guía y la recibí.

«Levántate —dijo—; ve a ese hogar en el que has colocado una mentira viviente, entre esas personas con las que has ultrajado Mi Palabra; confiesa tu pecado en voz alta. A ellos, a ese esposo engañado, les corresponde perdonarte, no a Mí».

Así que fui. Supe que el puente de Tull había desaparecido; dije: «Gracias, oh Señor, oh Soberano Gobernante de todo»; pues en aquellos peligros y dificultades que tendría que superar vi que Él no me había abandonado; que mi reingreso en Su santa paz y amor sería por ello más dulce.

«Tan solo permíteme no perecer antes de haber implorado el perdón del hombre a quien traicioné —rogué—; permíteme no llegar demasiado tarde; no permitas que el relato de mi ofensa y la suya salga de los labios de ella en lugar de los míos. Ella había jurado entonces que nunca lo contaría, pero la eternidad es algo temible a lo que enfrentarse: ¿acaso no he luchado muslo a muslo con el propio Satanás?; no dejes que cargue además sobre mi alma el pecado de su voto quebrantado. No permitas que las aguas de Tu poderosa ira me envuelvan hasta que haya purificado mi alma en presencia de aquellos a quienes agravié».

Fue Su mano la que me llevó a salvo por encima de la crecida, la que apartó de mí los peligros de las aguas.

Mi caballo estaba asustado, y mi propio corazón me falló mientras los troncos y los árboles arrancados de raíz se precipitaban sobre mi pequeñez. Pero no mi alma: una y otra vez los vi desviados en el instante final de la destrucción, y alcé mi voz por encima del estruendo de la crecida:

“Loado seas, oh Poderoso Señor y Rey. Por esta señal purificaré mi alma y volveré al redil de Tu amor inmortal”.

Supe entonces que el perdón era mío. La inundación, el peligro, atrás, y mientras cabalgaba de nuevo sobre la tierra firme y el escenario de mi Getsemaní se acercaba cada vez más, fui dando forma a las palabras que habría de usar. Entraría en la casa; la detendría antes de que hubiera hablado; le diría a su esposo:

«Anse, he pecado. Haz conmigo lo que quieras».

Ya era como si estuviera hecho. Mi alma se sentía más libre, más tranquila que en muchos años; ya me parecía habitar de nuevo en una paz duradera mientras cabalgaba.

A ambos lados veía Su mano; en mi corazón podía oír Su voz: «Valor. Yo estoy contigo».

Entonces llegué a la casa de Tull. Su hija menor salió y me llamó cuando iba pasando. Me dijo que ya estaba muerta.

He pecado, Señor. Tú conoces la medida de mi arrepentimiento y la voluntad de mi espíritu. Pero Él es misericordioso; Él tomará la intención por el hecho, Quien sabía que al formular las palabras de mi confesión fue a Anse a quien se las dirigí, aun cuando él no estaba allí.

Fue Él en Su infinita sabiduría quien retuvo el relato de sus labios moribundos mientras yacía rodeada por aquellos que la amaban y confiaban en ella; mío fue el trance por el agua que soporté con la fuerza de Su mano.

Alabanza a Ti en Tu amor generoso y omnipotente; oh, alabanza.

Entré en la casa del duelo, la humilde morada donde yacía otro mortal descarriado mientras su alma se enfrentaba al terrible e irrevocable juicio; paz a sus cenizas.

—La gracia de Dios sobre esta casa —dije.

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