Se inclina entre nosotros sobre él, dos de las ocho manos. En su rostro la sangre va en oleadas. Entre ellas su carne tiene un aspecto verdoso, más o menos ese verde suave, espeso y pálido del rumiar de una vaca; su rostro sofocado, furioso, el labio levantado sobre los dientes.
—¡Alza! —dice—. ¡Alza, maldita sea tu alma de narigón!
Él hace un esfuerzo, levantando un lado entero con tanta brusquedad que todos saltamos al carro para sostenerlo y equilibrarlo antes de que lo vuelque por completo.
Por un instante opone resistencia, como si tuviera voluntad, como si dentro de él su cuerpo delgado como un bastón se aferrara furiosamente, aun estando muerta, a una especie de pudor, tal como ella habría intentado ocultar una prenda manchada que no hubiera podido evitar ensuciar con su cuerpo.
Luego se libera, elevándose de repente como si la emaciación de su cuerpo hubiera añadido ligereza a los tablones o como si, al ver que la prenda estaba a punto de serle arrancarada, se precipitara de repente tras ella en un apasionado giro que se burla de su propio deseo y necesidad.
El rostro de Jewel se pone completamente verde y puedo oír los dientes en su aliento.
Lo llevamos por el pasillo, con pasos pesados y torpes sobre el suelo, avanzando a arrastras, y cruzamos la puerta.
—Sosténlo un minuto, ahora —dice papá, soltándolo—. Se da la vuelta para cerrar y echar la llave de la puerta, pero Jewel no quiere esperar.
—Vamos —dice con esa voz sofocante—. Vamos.
Lo bajamos con cuidado por los escalones.
Avanzamos, equilibrándolo como si fuera algo de valor infinito, con el rostro desviado, respirando entre los dientes para mantener cerradas las fosas nasales.
Bajamos por el sendero, hacia la pendiente.
—Más nos vale esperar —dice Cash—. Te digo que ahora mismo no está equilibrado. Nos hará falta otra mano en esa cuesta.
—Suelta entonces —dice Jewel—. No va a parar. Cash empieza a quedarse atrás, cojeando para seguir el paso, respirando con fuerza; luego se queda rezagado y Jewel carga con toda la parte delantera él solo, de modo que, inclinándose a medida que el sendero empieza en cuesta, aquello empieza a alejarse de mí a toda velocidad y a deslizarse por el aire como un trineo sobre una nieve invisible, desalojando suavemente una atmósfera en la que su presencia aún mantiene la forma.
—Espera, Jewel —digo—. Pero él no quiere esperar. Ahora va casi corriendo y Cash se queda atrás. Me parece que el extremo que ahora llevo a solas no pesa nada, como si flotara como una paja arrebatada en la marea furiosa de la desesperación de Jewel. Ni siquiera lo estoy tocando cuando, al girar, él deja que se le pase de largo, balanceándolo, y lo detiene y lo arroja de golpe a la caja del carro en el mismo movimiento y me mira con los ojos puestos en mí, con el rostro bañado de furia y desesperación.
—Maldito seas. Maldito seas.