—No es tu caballo el que está muerto, Jewel —digo.
Ésta sentado erguido en el pescante, inclinado un poco hacia adelante, con la espalda de madera. El ala del sombrero se ha desprendido de la copa en dos sitios por la humedad, colgando sobre su rostro de madera de modo que, con la cabeza gacha, mira a través de ella como por la visera de un yelmo, mirando largamente a través del valle hacia donde el acantilado sostiene el establo, perfilando el caballo invisible.
—¿Lo ves entonces? —digo.
Muy alto sobre la casa, contra el cielo veloz y espeso, giran en círculos cada vez más cerrados. Desde aquí no son más que motas, implacables, pacientes, portentosas.
—Pero no es tu caballo el que está muerto.
«Maldito seas», dice. «Maldito seas».
No puedo amar a mi madre porque no tengo madre. La madre de Jewel es una yegua.
Inmóviles, los altos ratoneros flotan en círculos planeadores, y las nubes les dan la ilusión de un movimiento retrógrado.
Inmóvil, de espaldas de madera y rostro de madera, modela al caballo en una inclinación rígida como la de un halcón, de alas encorvadas.
Nos están esperando, listos para el movimiento de esto, esperándalo a él.
Entra en el establo y espera hasta que le tire una coz para poder escabullirse y subirse al comedero y detenerse, escudriñando por encima de los tabiques intermedios hacia el sendero vacío, antes de alcanzar el pajar.
—Maldito sea. Maldito sea.