Es una tierra dura para el hombre; es dura.
Ocho millas del sudor de su cuerpo arrancadas de la tierra del Señor, donde el Señor Mismo le dijo que lo pusiera.
En ninguna parte de este mundo pecador puede lucrarse un hombre honrado y trabajador. Se lo llevan los que manejan las tiendas en los pueblos, sin sudar nada, viviendo a costa de los que sudan. No es el hombre trabajador, el agricultor.
A veces me pregunto por qué seguimos en esto. Es porque hay una recompensa para nosotros allá arriba, donde no pueden llevarse sus motores y cosas así. Cada hombre será igual allí y el Señor les quitará a los que tienen y se lo dará a los que no tienen.
Pero es una larga espera, según parece. Es malo que un hombre deba ganarse el premio de su rectitud despreciándose a sí mismo y a sus muertos.
Viajamos en carro todo el resto del día y llegamos a lo de Samson al oscurecer, y entonces aquel puente tampoco estaba. Nunca jamás habían visto el río tan crecido, y todavía no ha terminado de llover. Había viejos que jamás habían visto ni oído algo igual en la memoria del hombre.
Yo soy el elegido del Señor, porque a quien Él ama, así lo castiga. Pero me hache si no toma maneras bien curiosas para demostrarlo, según parece.
Pero ahora puedo conseguir esos dientes. Eso será un consuelo. Lo será.