—Lo sabía —dice Anse—. Todo el tiempo estuve seguro. Se le ha metido en la cabeza.
“Y me alegro un carajo”, digo. “Con una insignificancia…”
Se sienta en el escalón de arriba, pequeño, inmóvil con un overol desteñido. Cuando salí me miró, luego a Anse. Pero ahora ha dejado de mirarnos. Simplemente se queda ahí sentado.
—¿Ya le dijiste? —dice Anse.
—¿Para qué? —digo—. ¿Para qué diablos?
«Ella lo sabrá. Lo sabía, que cuando te viera lo sabría, tal cual lo escrito. No harías falta ni decírselo. Su mente—»
Detrás de nosotros la muchacha dice: «Papá». La miro, le miro la cara.
—Más vale que te vayas rápido —digo.
Cuando entramos en la habitación ella está mirando hacia la puerta. Me mira. Sus ojos parecen lámparas que brillan con intensidad justo antes de que se acabe el aceite.
—Quiere que salgas —dice la chica.
—Ahora, Addie —dice Anse—, ¿cuando ha venido desde Jefferson para curarte? Ella me mira: puedo sentir sus ojos. Es como si me estuviera empujando con ellos; ya lo he visto antes en las mujeres. Las he visto echar de la habitación a quienes venían con compasión y piedad, con ayuda real, y aferrarse a algún animal insignificante para el que nunca fueron más que bestias de carga. Eso es lo que quieren decir con el amor que sobrepasa todo entendimiento: ese orgullo, ese deseo furioso de ocultar esa desnudez