Pa regresa. Lleva puesto el impermeable de Jewel y trae el de Dewey Dell.
Encuclillado sobre el farol, Cash echa atrás la mano y agarra cuatro varas y las clava en la tierra y le quita el impermeable a pa y lo extiende sobre las varas, formando un techo por encima del farol.
Pa lo mira.
—No sé qué van a hacer —dice—. Darl se llevó su abrigo con él.
—Mójate —dice Cash. Vuelve a coger la sierra; de nuevo se mueve arriba y abajo, entrando y saliendo de aquella impasibilidad sin prisas como un pistón en el aceite; empapado, esquelético, incansable, con el cuerpo flaco y ligero de un muchacho o de un viejo.
Papá lo mira, parpadeando, con el rostro chorreando; de nuevo mira al cielo con esa expresión de ultraje mudo y meditabundo y a la vez de vindicación, como si no hubiera esperado menos; de vez en cuando se agita, se mueve, desgarbado y chorreando, recogiendo una tabla o una herramienta para luego soltarla.
Vernon Tull está allí ahora, y Cash lleva el impermeable de la señora Tull y él y Vernon andan buscando la sierra. Al cabo de un rato la encuentran en la mano de papá.
—¿Por qué no te vas a la casa, lejos de la lluvia? —dice Cash.
Papá lo mira, con el rostro chorreando lentamente. Es como si sobre una cara esculpida por un caricaturista salvaje fluyera una monstruosa burla de todo duelo.
—Entra tú —dice Cash—. Vernon y yo podemos terminarlo.
Pa los mira. Las mangas del abrigo de Jewel le quedan cortas. Por su cara corre la lluvia, lenta como glicerina fría.