—Le doy las gracias —dijo—. Supongo que podremos apañarnos.
De modo que los dejé allí, en cuclillas alrededor de una pequeña hoguera, esperando; Dios sabe a qué.
Llego a casa. No paraba de pensar en ellos allí, y en ese tipo alejándose a todo galopar en aquel caballo. Y aquello sería lo último que supieran de él. Y que me aspen si podía culparlo. No por no querer entregar su caballo, sino por librarse de un maldito tonto como Anse.
O eso pensé entonces. Porque me aspen si no hay algo en un maldito tipo como Anse que parece obligar a uno a ayudarlo, aun cuando sabe que se va a querer dar patadas a sí mismo al minuto siguiente.
Porque una hora después del desayuno de la mañana siguiente, Eustace Grimm, que trabaja en la granja de Snopes, se apareció con una yunta de mulas, buscando a Anse.
—Creí que él y Anse nunca hacían negocios —dije.
—Sho —dijo Eustace—. Lo único que les gustaba era el caballo. Como le dije al señor Snopes, estaba rematando este tiro por cincuenta dólares, porque si su tío Flem se hubiera quedado con aquellos caballos de Texas cuando eran suyos, a Anse no se le habría ocurrido jamás...
—¿El caballo? —dije—. El muchacho de Anse se ha llevado ese caballo y se ha largado anoche, probablemente ya a mitad de camino a Texas, y Anse...
—No sabía quién lo había traído —dijo Eustace—. Nunca los vi. Solo encontré el caballo en el granero esta mañana cuando fui a darles de comer, y se lo conté al señor Snopes y él me dijo que trajera la yunta para acá.