Cuando vamos a salir, llega Whitfield. Viene mojado y embarrado hasta la cintura al entrar.
—El Señor conforte esta casa —dice—. Llegué tarde porque el puente se ha caído. Fui hasta el vado viejo y crucé a caballo nadando, protegiéndome el Señor. Su gracia sea sobre esta casa.
Volvemos a los caballetes y a los extremos de los tablones y nos sentamos o nos ponemos en cuclillas.
—Yo sabía que iba a fallar —dice Armstid.
—Lleva un buen rato ahí ese puñetero puente —dice Quick.
—El Señor lo ha guardado ahí, querrás decir —dice el tío Billy—. No conozco a ningún hombre que le haya puesto un martillo encima en veinticinco años.
—¿Cuánto tiempo lleva ahí, tío Billy? —pregunta Quick.
—Se construyó en... déjame ver... Fue en el año de 1888 —dice el tío Billy—. Lo recuerdo porque el primero en cruzarlo fue Peabody, que venía a mi casa cuando nació Jody.
—Si lo hubiera cruzado cada vez que tu mujer ha ensuciado desde entonces, se habría gastado mucho antes de esto, Billy —dice Peabody.
Nos reímos, de repente en voz alta, luego de repente en silencio otra vez. Nos miramos un poco de soslayo el uno al otro.
—Mucha gente lo ha cruzado que no volverá a cruzar más puentes —dice Houston.
—Es un hecho —dice Littlejohn—. Así es.
—Una más no puede ser, de ningún modo —dice Armstid—.