una cama con edredones encima del ataúd y lo acostaron en ella y le pusieron sus herramientas al lado, y pusimos mi mula y sacamos el carro como a una milla camino abajo.
“Si les vamos a molestar aquí —dice Anse—, no tienen más que decirlo”.
—Sho —dije—. Aquí estará bien. Y seguro, también. Ahora volvamos a cenar.
—Se lo agradezco —dijo Anse—. Llevamos algo de comer en la cesta. Podremos apañarnos.
“¿De dónde lo sacaste?”, dije.
“Lo trajimos de casa”.
“Pero ahora ya estará correoso —dije—. Ven a comer algo caliente”.
Pero no querían venir.
«Creo que nos apañaremos», dijo Anse.
Así que me fui a casa y cené y les llevé una cesta y volví a intentar que se volvieran a la casa.