¿no ves que no puedes volver allá atrás?». El pasillo parece un reflector encendido bajo la lluvia. «Ven —digo—, por este lado».
Cuando pasamos la brecha, él echa a correr.
«Jewel —digo—», corriendo.
Da un rodeo a la esquina. Cuando llego a ella, él ya casi ha alcanzado la siguiente, corriendo contra el fulgor como esa figura recortada en hojalata.
Papá, Gillespie y Mack están a cierta distancia, mirando el anexo, rosado contra la oscuridad donde por el momento la luz de la luna ha sido vencida.
«¡Atrápalo —grito—; deténlo!»
Cuando llego al frente, él está forcejeando con Gillespie; el uno flaco en ropa interior, el otro completamente desnudo. Son como dos figuras de un friso griego, aisladas de toda realidad por el resplandor rojo. Antes de que pueda alcanzarlos, ha derribado a Gillespie al suelo y se ha vuelto para correr de nuevo hacia el granero.
El sonido de aquello se ha vuelto bastante apacible ahora, como lo fuera el del río. Miramos a través del proscenio que se disuelve en el umbral mientras Jewel corre agachado hacia el extremo lejano del ataúd y se inclina sobre él.
Por un instante alza la vista y nos mira a través de la lluvia de heno ardiente como una cortina de cuentas en llamas, y puedo ver la forma que toma su boca al pronunciar mi nombre.
“¡Jewel!”, grita Dewey Dell; “¡Jewel!”. Me parece que ahora oigo la acumulación de su voz a lo largo de los últimos cinco minutos, y la oigo forcejear y luchar mientras papá y Mack