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nydus/As I Lay DyingPublic
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Darl

El farol descansa sobre un tocón. Oxidado, mancado de grasa, con la chimenea agrietada y tiznada en un lado por un largo borrón de hollín, proyecta un fulgor débil y sofocante sobre los caballetes, las tablas y la tierra contigua.

Sobre el suelo oscuro, las virutas parecen brochazos caóticos de pintura suave y pálida sobre un lienzo negro. Las tablas parecen jirones largos y lisos arrancados de la oscuridad plana y vueltos del revés.

Cash trabaja en torno a los caballetes, yendo y viniendo, levantando y colocando los tablones con largas reverberaciones metálicas en el aire muerto, como si los levantara y los dejara caer en el fondo de un pozo invisible, los sonidos extinguiéndose sin alejarse, como si cualquier movimiento pudiera arrancarlos del aire inmediato en una repetitiva reverberación.

Vuelve a serrar, con el codo brillando lentamente, un hilo delgado de fuego recorriendo el filo de la sierra, perdido y recuperado en la parte superior e inferior de cada brazada en una ininterrumpida prolongación, de modo que la sierra parece medir seis pies de largo, entrando y saliendo de la silueta desaliñada y sin rumbo de papá.

«Dame ese tablón», dice Cash. «No; el otro».

Deja la sierra y se acerca a recoger el tablón que quiere, barriendo a papá con el largo y oscilante destello de la tabla equilibrada.

El aire huele a azufre. Sobre su plano impalpable se forman las sombras como sobre una pared, como si al caer no se hubiesen alejado mucho, a la manera del sonido, sino que se hubiesen congelado por un momento, inmediatas y pensativas.

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