“Los pasteles de la señora Tull”, dice Dewey Dell, subiéndose al carro. “Se los llevo al pueblo de su parte”.
—No está bien —dice papá—. Es una ofensa a los muertos.
Estará ahí. Estará ahí para Navidad, dice, brillando en la vía. Dice que no se lo va a vender a ningún muchacho de la ciudad.