Y allí mismo caí de hinojos. Le supliqué que se arrodillara, abriera su corazón y arrojara de él al demonio de la vanidad, y se entregara a la misericordia del Señor. Pero no quiso. Se quedó ahí sentada, perdida en su vanidad y su orgullo, que habían cerrado su corazón a Dios y puesto en Su lugar a aquel muchacho mortal y egoísta. Arrodillado allí, recé por ella. Pedí por esa pobre mujer ciega como nunca antes lo había hecho por mí y por los míos.
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Cora
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