Así que al fin lograron que Anse dijera lo que quería hacer, y él y la muchacha y el muchacho se bajaron del carro. Pero aun cuando ya íbamos por el puente, Anse seguía mirando hacia atrás, como si pensara que tal vez, una vez fuera del carro, todo aquello iba a estallar de algún modo y se encontraría otra vez allí atrás, en el campo, y ella tendida allá arriba en la casa, esperando a morirse y a tener que pasar por todo de nuevo.
—Debieras haberlos dejado que se llevaran tu mula —dice, y el puente temblando y bamboleándose bajo nosotros, hundiéndose en el agua turbulenta como si atravesara de parte a parte la tierra, y el otro extremo saliendo del agua como si no fuera el mismo puente en absoluto y los que subieran caminando del agua por aquel lado tuvieran que venir desde el fondo de la tierra.
Pero aún estaba entero; uno podía darse cuenta por el modo en que, al hundirse este extremo, el otro extremo parecía no hundirse en absoluto: justo como los otros árboles y la orilla de enfrente se mecían despacio, de un lado a otro, como en un gran reloj. Y aquellos troncos raspando y golpeando contra la parte sumergida, inclinándose de punta, saliendo disparados del agua y dando tumbos hacia el vado y la espera, resbaladizos, arremolinados y espumosos.
—¿De qué habría servido eso? —digo—. Si tu equipo no puede encontrar el vado y cruzarlo arrastrando, ¿de qué servirían tres mulas o incluso diez mulas?
—No te lo pido a ti —dice—. Siempre puedo valérmelas por mí y por los míos. No te pido que arriesgues tu mula. No son tus muertos; no te culpo.