Luego todos nos volvemos hacia el carruaje y lo miramos. Viene por el camino detrás de nosotros, de espalda de madera, de cara de madera, moviéndose solo de la cintura para abajo. Se acerca sin decir una palabra, con sus ojos pálidos y rígidos en su rostro alto y hosco, y sube al carruaje.
“Aquí hay una cuesta —dice papá—. Me figuro que tendrás que bajarte y caminar”.