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nydus/As I Lay DyingPublic
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Sansón

Me he fijado en cómo hace falta un hombre perezoso, un hombre que odia moverse, para empecinarse en la mudanza una vez que al fin se pone en marcha, lo mismo que se había empecinado en quedarse quieto, como si lo que odiara de verdad no fuera tanto el movimiento como el empezar y el parar.

Y como si estuviera medio orgulloso de cualquier contratiempo que hiciera que ponerse en marcha o quedarse quieto pareciera difícil.

Se quedó sentado allí en el carro, encorvado, parpadeando, escuchándonos contar lo rápido que se había venido abajo el puente y lo alta que venía el agua, y me jodé si no parecía orgulloso de ello, como si él mismo hubiera hecho subir el río.

“¿Dices que está más alto de lo que lo has visto nunca?”, dice él.

“Hágase la voluntad de Dios”, dice.

“Supongo que tampoco bajará mucho para la mañana”, dice él.

«Más te vale quedarte aquí esta noche —digo— y salir temprano para New Hope mañana por la mañana». A mí me daban lástima esas mulas flacas como un chuchito. Le dije a Rachel, le digo: «Bueno, ¿hubieras querido que las echara al oscurecer, a ocho millas de casa? ¿Qué otra cosa podía hacer —digo—? No será más que una noche, y se quedarán en el grangero, y seguro que arrancan con la luz del día». Y así que le digo: «Quédate aquí esta noche y temprano mañana puedes volver a New Hope. Tengo herramientas de sobra, y los muchachos pueden irse justo después de cenar y tener el hoyo cavado y listo si quieren», y entonces descubrí que esa muchacha me estaba mirando. Si sus ojos hubieran sido pistolas, no estaría hablando ahora mismo. ¡Válgame Dios si no me echaban chispas! Y así, cuando bajé al granero,

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