Por la tarde, cuando terminaban las clases y el último se había marchado con su naricita sucia y mocosa, en vez de irme a casa bajaba la colina hasta el manantial, donde podía estar tranquila y odiarlos.
Entonces reinaba allí la calma, con el agua brotando y alejándose, la luz del sol inclinándose silenciosa entre los árboles y ese olor tranquilo a humedad, a hojas podridas y a tierra nueva; sobre todo a principios de primavera, porque entonces era cuando peor se ponía.
Aún podía recordar cómo solía decir mi padre que la razón de vivir era prepararse para estar muerto mucho tiempo.
Y cuando tenía que mirarlos día tras día, cada cual con su pensamiento secreto y egoísta, y sangre ajena a la sangre de los demás y ajena a la mía, y pensar que esta parecía ser la única manera en que podía prepararme para estar muerto, llegaba a odiar a mi padre por haberme sembrado jamás.
Anhelaba los momentos en que fallaban, para poder azotarlos. Cuando la vara caía podía sentirla sobre mi carne; cuando dejaba verdugones y marcas era mi sangre la que corría, y pensaba con cada golpe de la vara:
¡Ahora sois conscientes de mí! Ahora soy algo en vuestra vida secreta y egoísta, yo que he marcado vuestra sangre con la mía por los siglos de los siglos.
Y así fue como acepté a Anse. Lo vi pasar por la escuela tres o cuatro veces antes de enterarme de que daba un rodeo de cuatro millas para hacerlo. Me fijé entonces en cómo empezaba a encorvarse —un hombre alto y joven—, de modo que ya parecía un pájaro alto agachado en el frío, en el pescante del carro. Pasaba por la escuela, con el carro crujiendo