pálidos como dos astillas blanqueadas en la cara. Cash lo está mirando.
—Lo terminaremos de una vez —dice—. Te digo lo que vas a hacer. Montas de regreso y cruzas el puente a pie y bajas por la otra orilla y nos encuentras con la cuerda. Vernon se llevará tu caballo a su casa y lo cuidará hasta que volvamos.
—Vete al infierno —dice Jewel.
—Tú coge la cuerda y baja a la orilla y estate preparado con ella —dice Cash—. Tres no pueden hacer más de lo que pueden dos: uno para conducir y otro para sujetarla.
—Maldito seas —dice Jewel.
—Que Jewel tome el extremo de la soga y cruce río arriba de nosotros y la asegure —digo—. ¿Harás eso, Jewel?
Jewel me mira fijamente, con dureza. Mira de reojo a Cash y luego vuelve a mirarme a mí, con los ojos alerta y duros.
«Me importa un bledo. Con tal de que hagamos algo. Sentados aquí, sin mover ni un jodido dedo…»
—Hagamos eso, Cash —digo.
—Supongo que tendremos que hacerlo —dice Cash.
El río en sí no tiene cien yardas de ancho, y papá y Vernon y Vardaman y Dewey Dell son lo único a la vista que no es de esa única monotonía de desolación inclinada con esa tremenda cualidad un poco de derecha a izquierda, como si hubiéramos llegado al lugar donde el movimiento del mundo gastado se acelera justo antes del precipicio final.