—¿No me querés ayudar? —dice Jewell, con esos ojos blancos suyos como fulgurando y la cara temblando como si le hubiera cogido la terciana.
—No —dijo Darl—. No lo haré. Espera a que vuelva papá.
Me quedé en la puerta y lo vi empujar y tirar de aquel carro. Estaba en una pendiente, y en un momento pensé que iba a reventar el fondo del cobertizo.
Luego sonó la campana de comer. Lo llamé, pero no se dio la vuelta. —Ven a comer —le dije—. Avísale a ese muchacho.
Pero no contestó, así que me fui a comer. La muchacha bajó a buscar a ese muchacho, pero regresó sin él. Como a mitad de la comida lo volvimos a oír gritando, echando a ese zopilote.
—Es una indignación —dijo Lula—; una indignación.
—Hace todo lo que puede —dije—. Un tipo no hace tratos con los Snopes en treinta minutos. Se pasarán toda la tarde a la sombra negociando.
“¿Hacer?”, dice ella. “¿Hacer? Ya ha hecho demasiado”.
Y yo calculo que sí. El problema es que su retirada estaba a punto de ser el comienzo de nuestra faena. No le podía comprar ninguna yunta a nadie, y menos a los Snopes, a menos que tuviera algo que hipotecar que aún no sabía si se podía hipotecar. Y así, cuando volví al campo, miré a mis mulas y casi casi les dije adiós por un tiempo. Y cuando regresé esa tarde y el sol brillando todo el día sobre aquel cobertizo, no estaba tan seguro de que fuera a lamentarlo.
Llegó a caballo justo cuando salí al porche, donde estaban todos. Tenía un aspecto un tanto extraño: con más rabo entre las piernas que de