mujer que lleva cuatro días muerta en una caja, la mejor manera de respetarla es meterla bajo tierra lo más pronto posible. Pero no quisieron hacerlo.
“No estaría bien —dice Bundren—. Claro que, si los muchachos quieren acostarse, supongo que puedo quedarme velándola yo. No se lo voy a escatimar”.
Así que cuando volví a bajar estaban en cuclillas en el suelo alrededor del carro, todos ellos.
«Dejen que ese muchacho venga a la casa a dormir un poco, de todos modos», digo. «Y más le vale venir también a usted», le digo a la muchacha.
No tenía la intención de meterme con ellos. Y ciertamente no le había hecho nada a ella que yo supiera.
«Ya se ha quedado dormido», dice Bundren. Ya lo habían acostado en el comedero de una pesebrera vacía.
“Bueno, venid para acá, pues”, le digo yo. Pero ella seguía sin decir nada. Se quedaron ahí acurrucados. Apenas se les podía ver. “¿Y vosotros, muchachos?”, digo. “Mañana tenéis un día completo”. Al rato dice Cash,
“Se lo agradezco. Podemos arreglárnoslas”.
“No tendríamos que estar agradecidos”, dice Bundren. “Le agradezco mucho”.
Así que los dejé allí acuclillados. Supongo que al cabo de cuatro días ya se habían acostumbrado. Pero Rachel no.
“Es una infamia”, dice. “Una infamia”.