Después de que pasaron saqué la mula, enrollé las cadenas de arrastre y fui tras ellos. Estaban sentados en el carro al final del dique. Anse estaba allí sentado, mirando el puente donde se había hundido en el río con solo los dos extremos a la vista.
Estaba mirándolo como si hubiera creído todo el tiempo que la gente le había estado mintiendo sobre su desaparición, pero como si esperara todo el tiempo que de verdad así fuera. Con una especie de asombrado agrado se veía, sentado en el carro con sus pantalones domingueros, mascullando con la boca. Con aspecto de caballo sin acicalar vestido de domingo: qué sé yo.
El muchacho estaba mirando el puente por la parte del medio donde se hundía y los troncos y cosas se amontonaban contra él y este se pandeaba y temblaba como si fuera a venirse abajo en cualquier momento, con los ojos bien abiertos lo miraba, como si estuviera en un circo.
Y la muchacha también.
Cuando me acerqué, se volvió a mirarme, con los ojos medio desorbitados y poniéndose duros como si hubiera hecho el amago de tocarla. Luego volvió a mirar a Anse y después otra vez al agua.
Estaba casi al nivel del dique por ambos lados, la tierra oculta salvo por la lengua de esta en la que estábamos que salía hacia el puente y luego bajaba al agua, y a menos que uno supiera cómo solían verse el camino y el puente, no se podía distinguir dónde estaba el río y dónde la tierra.
Era solo un enredo de amarillo y el dique poco menos de ancho que el lomo de un cuchillo más o menos, con nosotros sentados en el carro y sobre el caballo y la mula.