—Sho —dijo el otro—. Nos largaremos en cuanto regrese Dewey Dell. Fue a entregar un paquete.
Así que se quedaron allí con la gente retirada y los pañuelos en la cara, hasta que al minuto apareció la muchacha con el paquete de periódico.
—Vamos —dijo el del cemento—, hemos perdido demasiado tiempo. Así que se subieron al carro y siguieron. Y cuando fui a cenar todavía me parecía que podía olerlo. Y al día siguiente me encontré al comisario y empecé a olisquear y dije:
¿Hueles algo?
—Creo que ya están en Jefferson —dijo.
“O en la cárcel. Bueno, gracias a Dios que no es la nuestra”.
—Eso es un hecho —dijo él.